Palabras libres

Por Edgar Joel Yépez Ibarra

Aquel que pisa a otros, aquel que logra su ascenso vulnerando la dignidad de los demás, finca, sin saber, su propia caída. Es ley de vida.

Si la justicia humana tarda para poner a cada quien en su lugar, ha de aparecer la justicia divina.

Cuando la codicia y la ambición pasa sobre la moral, es la historia quien nos habla, describe y llena, de trágicos sucesos, pero no se quiere aprender de ella, y, los ambiciosos de riqueza y poder,  siguen ignorando las magistrales lecciones.

Aunque no se quiera aprender de la historia, vale la pena subrayar que, la sabia justicia, que de algún lugar ha de venir, siempre ha de lograr que el que haga el mal tropiece con sus propios pasos.

Finalmente en este gran teatro de la vida del que somos espectadores y actores, la gente sabe quién es quién sin necesidad de ponerse la máscara de buena persona. Y en realidad lo que necesitamos desesperadamente es el fortalecimiento del espíritu, una transformación que solo será posible cuando la honestidad y el respeto sean los pilares de cada hogar.

Mientras el momento llega hagamos lo posible por dejar la mejor de nuestras huellas, recordando que no es “Grande”, el que ha acumulado riqueza de manera deshonesta y ocasionando dolor social, sino el que porta siempre humanidad para servir y brindar apoyo a los demás.