Por José Gregorio Aguilar

Viernes 30 Octubre, 2026

En  Victoria se  guardan historias aterradoras que infinidad  de personas dicen haber sido testigo de   sucesos extraños e inexplicables, sin embargo, su relato, para muchos es producto de la imaginación y para otros, una simple leyenda urbana que se teje  generación tras generación.

La gente cuenta que los fantasmas se han apropiado de calles, de hospitales, de edificios públicos, otros más han hecho del panteón su lugar predilecto pero en cualquiera que sea el caso, estas aterradoras  historias paran los pelos de punta  a más de uno.

 EL FANTASMA QUE SIGUE LIMPIANDO TUMBAS EN EL CERO MORELOS

En ciudad Victoria hay un panteón que no necesita letreros de terror. El Panteón del Cero Morelos, el más viejo de la capital, guarda entre sus criptas oxidadas y sus pasillos de maleza, historias que no se han querido ir.

Una de las más contadas por los propios panteoneros es la de Luis Reyes.

Don Luis, como lo conocen los que juran haberlo visto, es fácil de identificar. Flaco, de sombrero gastado, piel curtida por el sol y una cojera que no se olvida. No es una cojera cualquiera. Los que lo han escuchado dicen que su andar retumba entre las tumbas: _clac… arrastre… clac… arrastre._

Se ofrece a limpiar tumbas. Cobra barato. Y platica.

Hace unos meses, un joven de nombre Leo entró al panteón a visitar a un familiar.  Don Luis se le acercó y sin más, empezaron a hablar de lo único que se puede hablar ahí dentro: de los muertos.

«¿Usted cree que regresen, don Luis? ¿Que se aparezcan?», le preguntó Leo.

Don Luis soltó una risa seca, de esas que no llevan alegría.

«Mire, joven… a los que hay que tenerles miedo es a los vivos. Los vivos sí son perversos, son malos. Los muertos… los muertos ya están muertos. Esos no hacen daño.»

Leo sintió un escalofrío, pero lo tomó como un consejo de un hombre de campo. Se despidió y caminó hacia la salida por el pasillo central, entre cruces caídas y lápidas del siglo pasado.

A medio camino recordó algo. No le había pagado.

Se dio la vuelta para regresar. El pasillo estaba vacío.

Regresó sobre sus pasos. Una vez. Dos veces. Nada. El panteón, que minutos antes tenía vida, ahora estaba muerto. Solo el viento moviendo la hierba seca.

Fue entonces cuando vio a dos trabajadores del municipio con uniforme.

«Oigan, ¿vieron a don Luis? El que limpia tumbas, el que cojea…»

Los dos hombres se miraron. Se les fue el color del rostro.

«¿Cómo dijo que se llama?»

«Luis Reyes.»

Uno de ellos tragó saliva y le contestó en voz baja:

«Joven… ese señor no trabaja aquí. Nunca ha trabajado aquí. Ese señor venía a ofrecer sus servicios hace muchos años, sí… pero a don Luis lo mataron aquí mismo, adentro del panteón. Lo asesinaron”.

Y remató:

«Y no es la primera vez que se aparece. Usted no es el primero que habla con él.»

Leo salió casi corriendo del Cero Morelos. Pero jura que justo antes de cruzar la puerta principal, a lo lejos, por el pasillo central, volvió a escuchar ese sonido inconfundible que no lo ha dejado dormir.

_Clac… arrastre… clac… arrastre._