En ciudad Victoria, los choferes de la ruta Cañón del Novillo tienen una regla no escrita: después de las 10 de la noche, no voltees a ver por el retrovisor.
No por la inseguridad. Por ella.
La historia es vieja entre ellos, pero sigue tan vigente que ninguno se atreve a negarla. Sucedió hace varios años, cuando un chofer hacía su última vuelta del día, subiendo por el libramiento hacia el Cañón.
Ya casi no había pasaje. Solo tres personas. En la parada de la Colonia Moderna, se subió una muchacha. Joven, de unos 20 años, con vestido claro, cabello largo y mojado, como si acabara de lloverle encima. Pagó en silencio y se fue hasta el último asiento.
El chofer siguió su ruta. Uno por uno, los pasajeros se fueron bajando. Hasta que quedó solo él y la muchacha del fondo.
«¡Última parada!», gritó por costumbre.
Nadie respondió.
Volteó por el retrovisor. Ahí seguía ella. Sentada, con la cabeza agachada, viendo hacia la ventana.
El chofer se impacientó. Ya quería irse a cenar.
«¡Señorita! ¡Ya llegamos! ¡Hasta aquí llega el micro!»
Silencio total. La muchacha no se movía.
Se levantó molesto, caminó por el pasillo del micro y le tocó el hombro.
El hombro estaba helado. Como un pedazo de hielo.
La muchacha levantó lentamente la cabeza. Tenía el rostro pálido, los ojos completamente negros, sin luz. Y le sonrió.
El chofer pegó un grito y se fue de espaldas contra los asientos. Cuando se levantó, el micro estaba vacío. No había nadie. Ni rastro de que alguien se hubiera sentado ahí, excepto el asiento… que estaba empapado, como si alguien con ropa escurriendo se hubiera sentado por mucho tiempo.
Cuenta la leyenda que esa joven murió ahogada hace años, en una creciente del Río San Marcos, muy cerca de la carretera al Cañón, cuando regresaba de la escuela. Y que desde entonces, busca llegar a su casa.
Los choferes más viejos de la ruta aseguran que si la subes y no le cobras, te deja llegar con bien. Pero si la tratas mal, o si intentas tocarla, el micro se te apaga en plena sierra y te quedas solo, en lo oscuro, con ella sentada atrás, viéndote por el retrovisor.
Por eso, si alguna vez tomas el último micro al Cañón y ves a una muchacha sola al fondo, con el cabello mojado…
No le hables. No la mires. Solo bájate.