Si usted circula de noche por el Bulevar Adolfo López Mateos, justo donde está la joroba vial, seguramente ha visto una pequeña cruz blanca a un costado de las vías del tren. La mayoría la ignora. Los taxistas no.

Esa cruz marca el lugar donde murió una maestra. Y donde, según decenas de testimonios de ruleteros, su espíritu sigue pidiendo servicio.

Dicen que ocurrió en la década de los ochenta, cuando en ese punto no existía la joroba vial. Lo que hoy es un puente, antes era un camellón, apenas iluminado, que atravesaba las vías del ferrocarril mediante un puentecito. Las vías siguen ahí, la joroba se construyó alrededor del 2005 y fue así que desapareció el camellón a esa altura.

Una noche de llovizna, un joven taxista circulaba con poco pasaje por el López Mateos. A la altura del camellón, una mujer le hizo la parada.

Era una maestra. Blusa blanca impecable, falda larga, portafolio en mano y empapada por la lluvia. Su voz fue apenas un susurro:

«Por favor… unas cuadras adelante del Tecnológico.»

El taxista la subió. Durante el trayecto, la mujer no habló. Solo miraba por la ventana, con una tristeza profunda. Al llegar a una casa de portón de fierro, a unas cuadras del Instituto Tecnológico, la mujer dijo:

«Espéreme tantito, entro por dinero para pagarle”.

Se bajó y entró a la casa. El taxista esperó. Cinco, diez, quince minutos. Se desesperó y tocó a la puerta.

Le abrió un señor de la tercera edad. El ruletero le explicó que buscaba a una señora que  había entrado a su casa y no había salido a pagarle.

El anciano se extrañó. «Aquí no vive nadie, solo yo  joven.»

El taxista insistió y describió a la mujer con detalle. El rostro del anciano se descompuso por completo. Entró a su casa y regresó con una fotografía enmarcada.

«¿Es ella?»

El taxista afirmó con la cabeza. Era ella, sin duda.

El señor, con lágrimas en los ojos, sentenció:

«No puede ser. Ella es mi hija. Era maestra. Pero murió hace dos años. La atropellaron ahí… donde hoy está la joroba. Donde era el camellón».

El taxista sintió que las piernas le fallaban. Corrió a su unidad y al abrir la puerta trasera, encontró el asiento mojado y un pequeño charco de agua en el tapete, con huellas que no salían de la casa… sino que entraban hacia el asiento del conductor.

Se dice que ese joven ruletero sufrió trastornos por semanas y que poco después falleció. Y aunque muchos lo toman como superstición, la historia se hizo tan popular que hoy, ningún taxista de la vieja escuela se atreve a levantar a una mujer sola después de la medianoche en la joroba vial.

Temen que sea ella. Que quiera volver a cobrar su último viaje.