Palabras libres
Por Edgar Joel Yépez Ibarra
Todo servidor público debe mirarse en el espejo de los dolorosos acontecimientos. La presente es una reflexión construida con el más pleno sentido humano para actuar por el camino del bien y transitar en paz por la vida, o para rectificar y evitar pagar costosas facturas que la vida cobra por el daño que se ha ocasionado.
Estamos de acuerdo que el ejercicio del poder político no es un cheque en blanco ni un instrumento para hacer lo que se le venga en gana a quien lo detenta, no es para abusar. Al contrario, quienes tienen el privilegio de ocupar altos cargos públicos tienen el deber de ejercerlos con rectitud, con honor; es el privilegio sagrado de servir a la sociedad para hacer el bien y no para dañarla.
El servidor público que ocupa altos cargos olvida con frecuencia que el paso por la administración pública es transitorio, pero las huellas de sus actos honorables o desastrosos permanecen para siempre.
Constantemente la historia nos da lecciones, pero no se aprende. Quien abusa del poder, quien con sus actos ocasiona profundas heridas sociales, tarde o temprano sufrirá las consecuencias de sus propios actos.
Cuando el cargo se apaga y los reflectores del poder desaparecen, quienes sembraron discordia caminan sin paz, cargados de bienes materiales, pero vacíos del alma, temerosos y perseguidos de la sombra que ellos mismos proyectaron.
Recordemos que lo que se siembra tarde o temprano se cosecha; por tanto, quien hoy abusa con el poder y siembra vientos de injusticia está construyendo el escenario para el día de mañana huir de la justicia y del pasado.