Palabras libres

Por Edgar Joel Yépez Ibarra

Tengo una fe profunda en la educación y en los valores; sé que no hay camino más poderoso para transformarnos como personas y como sociedad. Lo confirmamos a diario al ver el actuar de no pocos “políticos” -de todos los colores- atrapados en una carencia espiritual y ambición desmedida: Ya tenemos décadas así.

Sin embargo, escribir para reflexionar y cambiar  implica el deber moral de no mirar solo la paja en el ojo ajeno sino la viga en el propio. Por tanto, debo decir que este vacío no es exclusivo de la política; se respira en todos los estratos sociales y en gran parte de nuestros hogares.

Nos enfrentamos a la falta de respeto, de honestidad y de empatía. En la carrera frenética por tener y conservar privilegios, o dádivas, hemos perdido la capacidad de conmovernos ante el dolor ajeno, olvidando a las víctimas y justificando al victimario. Lamentable exonerar al que ocasiona daño social por interés personal.

¡Qué triste es proclamarnos buenas personas cuando nuestros actos nos despojan de la máscara!

A pesar de todo, sigo creyendo en la fuerza de los valores para recuperar nuestra humanidad. Pero necesitamos abrir de nuevo las puertas del hogar a la decencia, al respeto y a la disciplina. Hoy, las maestras y los maestros se enfrentan con su vocación y entrega al reto monumental al tratar con niños y padres en medio de este naufragio ético que tiene que comenzar a sanar desde el hogar.

Es tiempo de volver a lo esencial: vivir desde una dimensión verdaderamente humana, con una honestidad irrestricta. Es lo único capaz de devolvernos la fe, sanar nuestras heridas y encender de nuevo la esperanza.