Enfoque Sociopolítico |
Por Agustin Peña Cruz*
Aún no se ingresa al punto más álgido del calendario electoral rumbo a 2027, cuando
Tamaulipas renovará diputaciones federales y locales, además de las 43 alcaldías del
estado. Sin embargo, la disputa política ya se perfila con claridad. Más del 50 por ciento de
los presidentes municipales tendrá la posibilidad de reelegirse, lo que convertiría a este
proceso en la última ventana para la continuidad consecutiva en el ámbito municipal,
particularmente en distritos estratégicos.
En la frontera norte, Reynosa, Matamoros y Valle Hermoso concentran una competencia
especialmente intensa por el peso de su dinamismo económico y su relevancia geopolítica.
En el sur, Tampico y Ciudad Madero mantienen su valor político y simbólico, mientras que
Altamira —con el mayor presupuesto de los tres municipios de la zona sur— se coloca
como un enclave decisivo donde la reelección no solo es posible, sino tentadora para
quienes hoy ejercen el poder y buscan prolongarlo bajo el argumento de la continuidad
administrativa.
DEMAGOGÍA
Es en este punto donde surge con fuerza la demagogia política, particularmente aquella
ligada a la construcción de la imagen pública. Morena enfrenta el reto de fortalecer su
estructura interna y, sobre todo, de articular consensos reales que eviten fracturas entre
seccionales, liderazgos intermedios y una base militante que aún conserva la expectativa de
ser escuchada. El riesgo no es: una ruptura interna podría “motear” el mapa político de
Tamaulipas y abrir la puerta a la pérdida del poder no por la fuerza de la oposición, sino por
las disputas intestinas del propio movimiento guinda.
En el Partido Acción Nacional (PAN), el escenario no es más alentador. Persisten pugnas
por el control y la supervivencia política de personajes que no han logrado capitalizar
victorias electorales recientes. El grupo vinculado a Francisco Javier García Cabeza de
Vaca y a César Augusto Verástegui Ostos proyecta esa tensión: mientras unos apuestan
por la unidad y la reconstrucción, otros buscan reconocimiento y favoritismo, aun a costa de
erosionar los ya debilitados estatutos partidistas. El PAN, que alguna vez se presentó como
una fuerza conservadora sustentada en el consenso, hoy aparece ante la ciudadanía como
un partido en repliegue, marcado por los incumplimientos de gobiernos pasados y por la
ausencia de un proyecto creíble de futuro.
A nivel municipal, el reto es igualmente estructural. Muchos ayuntamientos deben redefinir
sus esquemas de gobierno, como ya ocurre en algunos municipios del sur del estado, para
fortalecer el servicio público y alinearlo con los principios que dicen representar. La máxima
es conocida: si una orden es correcta y no se ejecuta, la falla no es del general, sino del
regimiento. Sun Tzu lo advirtió hace siglos en “El arte de la guerra”: no siempre se vence en
un campo de batalla abierto; en política moderna, el verdadero triunfo radica en el
convencimiento ciudadano, la atención eficiente y el cumplimiento estricto del marco
normativo.
Cuando estos elementos fallan, se reincide en la demagogia más añeja: promesas sin
resultados, discursos vacíos y una narrativa que critica al pasado mientras reproduce sus
mismas prácticas. No basta condenar a los gobiernos anteriores —particularmente a los
emanados del partido tricolor— si muchos de quienes hoy se cobijan bajo el manto de
Morena fueron parte activa de ese pasado. El cambio de siglas no purifica trayectorias ni
erradica vicios. El problema se agrava cuando la opacidad, el compadrazgo y los
compromisos familiares se normalizan, incluso en cargos estratégicos, sin que se traduzcan
en resultados palpables. Esa es, quizá, la fractura más profunda en la percepción
ciudadana.
DEMOCRACIA
¿Existe hoy la democracia en plenitud? ¿Hasta dónde puede expresarse el ciudadano con
libertad sin ser descalificado o estigmatizado? Las preguntas no son retóricas. La historia
mexicana arrastra una larga tradición de simulación democrática, desde la concentración
corporativa del voto durante décadas hasta la represión de movimientos obreros como
Cananea y Río Blanco, sin olvidar la tardía conquista del sufragio femenino.
México vive hoy un hecho inédito: tiene a la primera presidenta mujer, además la más
votada en la historia. Sin embargo, el mandato se desarrolla en un contexto complejo,
marcado por la presión de Estados Unidos en materia de seguridad y por la exigencia
interna de reducir los índices de criminalidad sin vulnerar la soberanía nacional.
Paralelamente, persiste una contradicción de fondo: las expectativas de cambio contrastan
con una realidad donde la carga económica y social sigue recayendo con mayor peso sobre
quienes menos tienen, mientras las grandes decisiones continúan envueltas en
discrecionalidad.
La democracia no puede reducirse a la aceptación acrítica de las narrativas institucionales.
No se mide por reformas legales aisladas —ya sea en telecomunicaciones o seguridad
pública— sino por resultados verificables. La experiencia reciente es elocuente: ni con
Vicente Fox, ni con Felipe Calderón, ni con la llamada “reivindicación” priista de Enrique
Peña Nieto, ni con Andrés Manuel López Obrador, ni ahora con Claudia Sheinbaum, se ha
logrado una ruptura clara con el modelo de poder hegemónico que dominó durante más de
ocho décadas.
¿Cómo medir, entonces, la democracia, si cada derrota electoral se explica bajo el
argumento del fraude o de los actos anticipados de campaña? Ese libreto, históricamente
utilizado por el PRI, fue aprendido por el PAN y hoy es replicado por Morena. Persistir en
esa lógica conduce al cinismo partidista. El problema no radica exclusivamente en las
instituciones, sino en quienes las dirigen, en quienes gobiernan y en a quiénes deciden
proteger.
El asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta marcó un punto de inflexión en la política
mexicana. A partir de Lomas Taurinas, la democracia quedó herida por una crisis de
legitimidad que se sumó a las decisiones económicas del salinismo, como la eliminación de
tres ceros a la moneda en 1993. De no haberse realizado, hoy hablaríamos de un tipo de
cambio de más de 17 mil pesos por dólar. Países de Sudamérica que no realizaron ese
ajuste viven aún las consecuencias. Sin embargo, la memoria histórica es frágil y suele ser
sustituida por la percepción de que “antes estábamos peor” sin un análisis riguroso del
presente.
Votar no agota la democracia. Mientras los mecanismos de control del sufragio no sean
plenamente confiables y tecnológicamente robustos, la duda seguirá siendo un componente
estructural del sistema.
SEGURIDAD PÚBLICA
Las propuestas en curso en materia de seguridad —como el registro de teléfonos celulares
para combatir la extorsión, la biometría asociada a la Clave Única de Registro de Población
(CURP), o la integración de cámaras privadas al C5— se presentan como soluciones
técnicas a problemas reales. Bien aplicadas, podrían inhibir delitos del fuero común y de
alto impacto, además de facilitar la localización de personas desaparecidas.
No obstante, también abren la puerta a un escenario más inquietante: el de una vigilancia
globalizada del Estado, capaz no solo de combatir el delito, sino de monitorear opositores,
intervenir comunicaciones privadas y generar un clima de miedo funcional al control social.
La criminología y la teoría del caos han advertido sobre estos riesgos. Michel Foucault lo
expuso con claridad en Vigilar y castigar: el poder moderno no se impone únicamente por la
fuerza, sino por la internalización de la vigilancia.
En 2026, esa reflexión resulta más vigente que nunca. La tecnología ha amplificado la
capacidad de control del Estado como ningún otro instrumento en la historia. Todo
dependerá de su aplicación ética y del respeto irrestricto a los derechos fundamentales. De
lo contrario, la seguridad pública podría convertirse en un mecanismo de adoctrinamiento y
sometimiento, más que en una garantía de convivencia y libertad.
Por tanto, la demagogia, la democracia y la seguridad pública convergen en un mismo
dilema: el ejercicio del poder sin contrapesos reales. La pregunta ya no es si las
herramientas existen, sino quién las controla, con qué límites y para beneficio de quién. Esa
es, quizá, la discusión más urgente de nuestro tiempo.
Nos vemos en la siguiente entrega mi correo electrónico es [email protected]