CONFIDENCIAL

Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA
OCTUBRE—28—2026

“La pestilencia es tan insoportable que no te deja dormir”, me cuenta Blas, vecino de la cabecera municipal de Güémez. Imagínese usted lo que significa vivir así: cerrar las ventanas, aguantar el olor y esperar que amanezca para seguir padeciéndolo.

Hace más de quince años, dice, las aguas negras comenzaron a caer al río San Felipe. Pero desde hace un mes la pestilencia se volvió insoportable. Los vecinos sospechan que dejaron de aplicarse ciertos químicos que antes disimulaban el problema.

“Ya a nosotros no nos importa que el río esté contaminado siempre y cuando las aguas no apesten”, narra, convencido de que ya no hay solución y que la gente ya se resignó a vivir en medio de la contaminación al río que alguna vez les servía a las familias como área de esparcimiento.

Nadie les ha dicho con claridad de dónde salen las aguas negras ni por qué llegan al río. Desde hace más de 15 años denunciaron la situación y siguen esperando respuestas.

Por eso bloquearon la carretera Victoria-Matamoros el pasado fin de semana. No fue por gusto. Saben que perjudican a otros, pero también saben que, si no hacen ruido, nadie les hace caso. Así funcionan demasiadas cosas en este país. El cierre de carreteras es su única alternativa para que los escuchen.

Lo más delicado de todo es que el río San Felipe desemboca en la presa Vicente Guerrero, de donde sale el agua que consumimos los habitantes de Ciudad Victoria.

Las autoridades podrán decir que el agua llega potabilizada a nuestras casas. Y sí. Es cierto. Pero eso no responde la pregunta de fondo: ¿con qué derecho seguimos arrojando aguas negras a un río que desemboca en nuestra propia presa?

Son muchos los factores que inciden en el problema. Uno de ellos es la falta de inversión en tratamiento de aguas residuales. Los gobiernos, unos y otros, han ido dejando ese gasto para después. Hay dinero para todo menos para evitar que los ríos sigan apestando.

Lo increíble es que todavía nos hablen de cuidar el medio ambiente mientras se permite que las aguas negras lleguen al río. ¿De qué sirven tantas campañas y tantos discursos si no somos capaces siquiera de resolver algo tan elemental?

EL RESTO.

SALPICADOS.- Tras evidenciarse que el escándalo de corrupción en el INE salpicó también a los organismos electorales de más de una docena de Estados, entre ellos el de Tamaulipas, el presidente del Ietam, Juan José Ramos Charre, salió a defender los contratos con las empresas proveedoras, con el argumento de que, “todo se hizo con apego a la ley”.

Nosotros le diríamos al consejero presidente del Ietam que, efectivamente los contratos de proveeduría son legales. Sería el colmo que no lo fueran.

Aquí lo ilegal es el conflicto de interés que hubo entre los dueños de esas empresas y la ahora expresidenta del INE, Guadalupe Taddei, y la sospecha, muy justificada, de que hubo línea desde el instituto nacional para que los Oples, como el Ietam, entregaran contratos a esas misma empresas.

Eso es lo que la autoridad debería investigar, y por supuesto indagar también si a cambio de esos contratos hubo “beneficios” para quienes en entidades como la nuestra los aprobaron.

Seguramente muchos de quienes avalaron esos contratos deben estar nerviosos, porque se prevé que la instrucción gubernamental es llevar las cosas hasta el ambito penal.

ARBITRO VENDIDO.- Lo que queda claro es que todo este entramado de corrupción deja por el suelo la fiabilidad del INE, lo cual resulta lamentable y peligroso, sobre todo porque falta menos de un año para que se celebre una de las elecciones más importantes que haya registrado la historia del país, en la que estarán en disputa más de 21 mil cargos públicos.

Tampoco es que hubiera mucha confianza en la imparcialidad del árbitro electoral, pero este escándalo vino a agravar la crisis de credibilidad, algo que dificilmente se borrará de la memoria social de aquí a junio próximo cuando los mexicanos acudiremos a las urnas.

Bajo esas condiciones, debemos estar preparados para lo peor. Y creame, no es exageración.

ASÍ ANDAN LAS COSAS.

[email protected]