Rutinas y quimeras
Clara García Sáenz
Llegar a Córdoba, Veracruz, desde Ciudad Victoria no es fácil. Existen dos opciones: la
primera es irse a la Ciudad de México y de ahí a Córdoba; si el recorrido se hace en
autobús, puede tomar entre 13 y 14 horas. La otra opción es irse a Tampico, de ahí a
Veracruz y luego a Córdoba, lo cual también toma aproximadamente 13 horas.
Nosotros decidimos irnos por la Ciudad de México, a donde llegamos muy
temprano; ahí mismo, en la Central del Norte, tomamos el camión para llegar a
Córdoba cerca de las tres de la tarde. Nos hospedamos en un hotel de estilo colonial
frente a la catedral y, después de degustar una comida corrida en el restaurante
contiguo, salimos a recorrer la ciudad.
Caminamos por la plaza principal que es muy amplia, está bien conservada y
limpia, donde hay varios monumentos que me recordaron mis clases de historia en la
primaria; particularmente tiene uno de gran belleza, el obelisco de mármol de Carrara
construido a fines del siglo XIX, dedicado a las Jornadas Heroicas de 1821, en las que
los mexicanos pelearon contra el ejército realista del 16 al 21 de mayo y lo vencieron
en esa ciudad, con lo que se puso fin al dominio español en México.
Frente a la plaza se alza la catedral, cuya advocación es la Inmaculada
Concepción; el edificio se empezó a construir en el siglo XVII y se terminó en el XX, por
lo que su estilo es ecléctico y presenta elementos barrocos y neoclásicos. En ella hay
45 imágenes, algunas de belleza única y otras excepcionales, como el cuadro de
grandes dimensiones que representa a la Divina Providencia; en él aparece una gran
figura de Dios Padre, con una paloma en el pecho que representa al Espíritu Santo; la
figura abarca casi toda la inmensidad del cuadro y desciende con las manos abiertas y
la mirada dirigida hacia abajo, donde se encuentran una cruz y una corona de espinas,
encima de un mundo que representa a Dios Hijo y sobre el que revolotean unos
querubines, aunque no tiene fecha, es posible que se trate de una obra realizada en el
siglo XVIII, ya que sus trazos y colores son de estilo barroco.
Pero la gran protagonista en el templo no es la Inmaculada Concepción, sino la
Virgen de la Soledad, patrona de la ciudad, a quien los cordobeses consideran su
protectora, pues ha librado a Córdoba de innumerables desgracias naturales.
Cruzando la plaza, frente a la catedral, se encuentra el palacio municipal, cuya
fachada está perfectamente conservada, al igual que la plaza y la catedral, y, en la
esquina, está la histórica casa donde Juan de O’Donojú firmó, junto a Agustín de
Iturbide, los famosísimos Tratados de Córdoba, con lo que se dio fin a la época colonial
y México se asumió como nación independiente. Existe una placa emblemática que
señala el momento histórico, y a mí me recordó a mi libro de historia cuando era niña;
entonces sí, sentí que estaba en un lugar muy importante.
Al otro lado de la plaza está el Museo del Café, un espacio donde se disfruta de
un recorrido con un buen guion museístico; se pueden conocer algunas especies
plantadas en un gran jardín, para después degustar diversos aromas, así como
conocer la importancia de esa región cafetalera en México y de los productores de
café.
Córdoba cuenta con la denominación de pueblo mágico; ahí se celebraron las
Décimas Jornadas de Paisajes Patrimoniales, organizadas por la Red de Paisajes
Culturales y el Colegio de Posgraduados. En él se reunieron estudiosos del paisaje de
diversas disciplinas académicas a nivel internacional, entre los que destacaron
arquitectos, biólogos, historiadores y geógrafos.
En la inauguración de las jornadas, la doctora Amaya Larrucea Garritz,
presidenta de la Red Mexicana de Estudios sobre Paisajes Patrimoniales dijo sentirse
afortuna de que el evento se realizara en esa ciudad porque ahí estaba la “plaza más
bonita de México” y haciendo una pausa añadió, “eso lo digo yo, porque así me
parece”, la risa y los aplausos de los asistentes se dejaron sentir en el auditorio como
una forma de aprobar su dicho. Hasta nosotros, que recién llegábamos, pero ya la
habíamos recorrido, estuvimos de acuerdo con su afirmación.
Vivimos la ciudad durante cuatro días, recorrimos sus calles, disfrutamos ahí los
últimos días de verano y gozamos su gastronomía, sin tanta carne roja, disfrutamos sus
huaraches, sus guisados, sus caldos, su pan dulce, las cocadas, pero lo que más nos
impresionó fue su gente, amable, educada y afable, cualidades que enamoran a
cualquier visitante y siente cobijo de sus habitantes.
Invitados a volver, regresamos a Ciudad Victoria por Veracruz y Tampico, para
así sentir que le habíamos dado la vuelta al mundo.
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