Palabras libres
Por Edgar Joel Yépez Ibarra
Tenía razón aquel político. Hace unos años, cuando un dirigente estatal del PRI en Tamaulipas se acercaba a su cumpleaños, un grupo de colaboradores le informaron una noticia entusiasta: le estaban organizando un gran festejo con cerca de 2,000 personas provenientes de los 43 municipios del estado. Le expusieron los pormenores y le recordaron que, a pocos meses del proceso electoral, el evento sería escenario perfecto para proyectar fuerza y férrea unidad.
El personaje se puso de pie, les agradeció con gratitud la iniciativa, pero con firmeza declinó la propuesta. Les compartió que sus aniversarios siempre habían sido remansos de intimidad familiar, sencillos y profundamente humanos; se negó a perder esa tradición, a dejar de ser él mismo, a cambiar la calidez de quienes lo aman por una euforia artificial y pasajera. Mirándolos a los ojos, pronunció una gran verdad:
“Un festejo de dos mil personas en este cumpleaños… y el próximo año, cuando ya no esté en la presidencia del partido, pocos, muy pocos, se acordarán de mí”.
Este pasaje íntimo de la vida política me llevó a reflexionar sobre esa comedia social que se observa en torno al cumpleaños de quienes detentan el poder.
Son rituales donde la obligación social impone estar presentes, desnudando un complejo concierto de sabores agridulces propios de las relaciones humanas guiadas por el cálculo de asistir o no.
Ahí somos testigos de la teatralidad del afecto: la sonrisa matemáticamente medida, el abrazo efusivo y fuerte que no abriga, el apretón de manos frío y el efímero.
A veces, incluso, se acude a felicitar al mismísimo rival con quien se disputa una curul o un cargo, regalándose una sonrisa ensayada.
Nos reflejan la simulación como un gran vacío que arrastramos como sociedad. Frente a la fría baraja del poder, lo verdaderamente humano es buscar siempre el refugio de pasarla bien: estar donde la presencia es genuina, donde uno se siente en paz, abrazado por el calor de los afectos verdaderos que no dependen de un puesto ni de un título.