Por Edelmira Cerecedo García
«En modo reina», decía la pequeña Dafne.
Y qué otra forma habría de nombrarse una niña con los ojos llenos de vida, con esa luz que parecía no conocer la oscuridad. Una niña que llegó creyendo que la disciplina era un camino para crecer, sin imaginar que existen manos capaces de confundir la autoridad con la violencia y la fuerza con el abuso.
Este jueves 16 de julio, su respiración fue interrumpida. Su infancia también.
Pero quizá Dafne vino a cumplir una misión que ningún niño debería cargar sobre los hombros. Su ausencia abrió una puerta que el miedo mantenía cerrada. Hoy, mientras una madre se dobla de dolor, sin aire entre los sollozos, encuentra todavía fuerzas para decir:
«Necesitaba salvar a esos niños.»
Y entonces el silencio dejó de ser cómplice.
Los testimonios comenzaron a salir de entre las paredes del colegio militarizado Doenitz, en Ciudad Madero. Voces pequeñas contando injusticias demasiado grandes para su edad. Historias que, hasta hace unos días, permanecían ocultas detrás de uniformes, órdenes y obediencias.
La consternación tiene hoy el rostro de todo un pueblo.
Los abrazos ya no preguntan nombres. Se ofrecen como si fueran de familia, porque cuando muere una niña, nadie permanece ajeno. Hoy El Mante perdió una hija. Quedó vacía una butaca en el salón de clases. Quedaron juguetes esperando manos que no volverán. Quedaron sueños suspendidos en un tiempo que jamás le permitió crecer.
Hoy termina su reinado en la tierra.
Comienza el del cielo.
Su resistencia se agotó. Su cuerpo era frágil.
Era una niña.
No hizo otra cosa que perseguir un sueño. Llegó con la ilusión de aprender, de descubrir el mundo, de volver a casa con historias nuevas. En cambio, regresó envuelta en una bolsa negra.
Y hay bolsas donde caben los cuerpos, pero jamás la justicia.
Porque la justicia no puede ser enterrada. La justicia se queda aquí, entre nosotros. Nos mira. Nos exige. Nos incomoda. Nos obliga a levantar la voz por cada día que le fue arrebatado a Dafne.
Que su nombre no se convierta en una estadística.
Que su historia no sea otra carpeta olvidada.
Que su muerte no encuentre refugio en la costumbre de olvidar.
Porque las reinas no mueren.
Las reinas dejan una corona hecha de memoria.
Y mientras exista una madre pronunciando su nombre, mientras haya un pueblo negándose a callar, mientras un niño pueda salvarse gracias a la verdad que ella reveló con su ausencia…
Dafne seguirá reinando.
No sobre la tierra.
Sino en el lugar donde la infancia ya no conoce el miedo y donde ninguna lágrima vuelve a existir.