Columna Rosa, solo para Mujeres.
Por: Lic. Bárbara Lera Castellanos.
En Tamaulipas, el clima dejó de ser un telón de fondo para convertirse en protagonista incómodo de la vida pública, estamos hablando de inundaciones repentinas, tormentas cada vez más intensas, temporadas de huracanes que se sienten como una ruleta rusa sobre las ciudades y los campos.
En ese contexto, el rector Dámaso Anaya Alvarado presentó al gobernador Américo Villarreal Anaya (AVA) los avances de un Atlas de Riesgos Hidrometeorológicos, que no es solo un gesto burocrático, se trata de una pieza clave en la discusión sobre cómo queremos vivir y sobrevivir en este territorio.
La Mesa de Paz estatal se transforma así en un espacio donde la ciencia y la política se sientan juntas, con datos concretos sobre la mesa y con la urgencia de tomar decisiones.
Un atlas de riesgos no es solo un documento técnico repleto de mapas, coordenadas y modelos de pronóstico; es, sobre todo, una radiografía de nuestra vulnerabilidad.
Entre otras cosas, señala qué colonias se inundan primero, qué comunidades rurales quedan aisladas, qué infraestructura crítica está mal ubicada frente al avance del agua.
Por si fuera poco señala algo más incómodo, dónde se ha construido sin planificación, dónde se ha ignorado por años la voz de especialistas y dónde la memoria de la población sobre desastres pasados fue confinada a la anécdota, en lugar de convertirse en política pública.
Que la Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT) encabece este esfuerzo habla de una misión universitaria que rebasa el aula.
La UAT se posiciona como puente entre conocimiento y gobierno, entre simulación hidrológica y decisión presupuestal, entre laboratorio y comunidad.
En un país donde la ciencia suele ser invitada tardía a la mesa de las decisiones, para Tamaulipas, ver a un rector presentando avances técnicos frente al gobernador en un espacio institucional dedicado a la paz abre una posibilidad interesante, entender que la paz también se construye cuando la gente no pierde su casa con cada tormenta, cuando los servicios no colapsan, cuando los desastres naturales dejan de ser pretextos para la improvisación.
Detrás de cada mapa de riesgo hay personas: familias que guardan documentos en bolsas de plástico por miedo a la próxima inundación, docentes que saben que el ciclo escolar puede romperse por un huracán, agricultores que miran el cielo con más preocupación que esperanza.
Un atlas como el que impulsa la UAT tiene sentido solo si se traduce en decisiones que protejan ese tejido humano. La columna vertebral de la protección civil no son los protocolos escritos, sino la certeza de la gente de que su vida importa lo suficiente como para ser planeada con rigor.
Por eso, esta iniciativa merece ser leída con un ojo crítico, sí, pero también con un ojo esperanzado.
Crítico, para exigir que los avances no se queden en boletines y que los mapas no se archiven en escritorios.
Esperanzado, porque cuando la UAT se involucra de manera seria en la gestión del riesgo, abre un horizonte donde el conocimiento es herramienta de dignidad.
Si la Mesa de Paz se atreve a integrar la ciencia como componente indispensable para cuidar la vida, entonces quizá estemos comenzando a escribir una nueva narrativa para Tamaulipas, una donde las tormentas se sigan anunciando, pero los desastres ya no sean inevitables.