Rutinas y quimeras
Clara García Sáenz
La destrucción de libros tiene una larga historia que va de la mano de los
acontecimientos políticos, militares, económicos y culturales de la humanidad.
Bibliotecas enteras destruidas desde el mundo antiguo y una infinidad de quemas de
libros desde entonces hasta nuestros días se narran con asombro como si fueran
asuntos de una época pasada que compete solo a la memoria histórica de horror y
barbarie.
Sin embargo, en el mundo actual hay un horror propio del que somos testigos
con indiferencia y pasividad; hace algunas semanas leí en una publicación que “Una
investigación del Washington Post afirmó que Anthropic está alimentando a su IA,
Claude, con libros que posteriormente destruye”. Aseguran que un documento interno
decía que la meta era ‘escanear y quemar todos los libros del mundo’. El medio El
Diario sigue una investigación similar, pues varias librerías de viejo en Europa reciben
solicitudes de miles de libros para entregarlos en Canadá y Estados Unidos”.
Esta noticia apocalíptica me recordó los conceptos de bibliocausto y
memoriacidio, dos términos que Fernando Báez creó para hablar de la destrucción
sistemática de los libros, las bibliotecas, los museos y las obras de arte; de ahí se
desprende el término libricidio, que se refiere a la destrucción de los libros.
Rafael Toriz, en su reseña del libro “La historia universal de la destrucción de los
libros”, escribe: ¿Por qué el hombre destruye libros, por qué abate la memoria? Mucho
se ha dicho, pero las certezas son discretas. Se sabe que dicha actividad recibe el
apelativo griego biblioclastia (o biblioclasmo) y se define como un “odio, aversión feroz
contra los libros, acompañada de voluntad destructiva. Similar a la bibliofobia”. Por su
parte, Umberto Eco, en su texto Desear, poseer y enloquecer, distingue tres tipos de
biblioclastia: la biblioclastia fundamentalista, la biblioclastia por incuria y aquella por
interés. El biblioclasta fundamentalista no odia los libros como objeto, teme por su
contenido y no quiere que otros los lean. Además de ser un criminal, es un loco por el
fanatismo que lo anima. La historia registra pocos casos excepcionales de biblioclastia,
como el incendio de la biblioteca de Alejandría o las hogueras nazis. La biblioclastia por
incuria es la de tantas bibliotecas italianas, tan pobres y tan poco cuidadas, que a
menudo se transforman en espacios de destrucción del libro, porque una manera de
destruir los libros consiste en dejarlos morir y hacerlos desaparecer en lugares
recónditos e inaccesibles. El biblioclasta, por interés, destruye los libros para venderlos
por partes, pues así obtiene mayor provecho”.
Por eso resulta sorprendente cuando se invita a la sociedad a donar libros como
material reciclable, pues esas acciones son propias de “biblioclastas por interés”, es
decir, quienes buscan sacarles provecho únicamente por su consistencia material y no
por su contenido.
La intención de tirar o reciclar libros, vaciar bibliotecas para modernizar
espacios, sacarlos de casa porque ya todo está en internet, nos está conduciendo a
renunciar al conocimiento que durante siglos se ha acumulado en esos artefactos
extraordinarios que son la extensión de la memoria, un prodigio de la humanidad.
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