Columna Rosa, solo para Mujeres.

Por: Lic. Bárbara Lera Castellanos.

La emoción colectiva tras una victoria deportiva o un acontecimiento público puede unir a una nación, pero también pone a prueba nuestros valores y educación.

En México las plazas públicas, el Zócalo y el Ángel de la Independencia han sido escenarios de celebraciones multitudinarias que, con el tiempo, han dejado detrás montones de basura, pintas, orines y daños al mobiliario urbano.

En contraste, en Japón existe una cultura cívica donde tras los eventos —desde partidos hasta festivales— es habitual que los asistentes se organicen para dejar el espacio más limpio de lo que lo encontraron.

La diferencia no es solo estética; habla de valores aprendidos y prácticas sociales.

En Japón, la educación cívica enfatiza la responsabilidad colectiva desde la escuela: las jornadas de limpieza, el respeto a los espacios comunes y la mirada a la comunidad como extensión de la propia familia.

Así, al terminar un partido, no es raro ver a jóvenes recogiendo basura, sonriendo mientras lo hacen, como si cuidar fuera parte de la celebración misma.

En México, la euforia se mezcla con un abuso que tolera el desorden.

La imagen de calles llenas de basura y grafitis tras una victoria muestra que, muchas veces, el festejo deja de ser una expresión de alegría para convertirse en daño público.

Esto afecta a comerciantes, a la imagen de la ciudad, lugares emblemáticos y turísticos como el centro, Reforma por solo mencionar algunos y a la convivencia cotidiana.

Sin embargo, no es inevitable ni tampoco una condena permanente, los mismos rostros que celebran pueden transformarse en agentes de cuidado si se les convoca y se les ofrece herramientas para hacerlo.

La clave está en canalizar la pasión: convertir la energía en acciones concretas, por ejemplo se me ocurre organizar brigadas espontáneas al término de un partido, instalar puntos de reciclaje visibles, y premiar la conducta cívica con reconocimiento social son medidas sencillas y efectivas.

Además, el liderazgo local —desde autoridades hasta figuras públicas y organizadores de eventos— puede modelar comportamientos y facilitar recursos para mantener las plazas limpias.

Amigos y amigas, jóvenes y mujeres feministas que marchan y luchan por un país más justo, su voz y su presencia son esenciales, les propongo llevar esa misma fuerza transformadora a las calles después de celebrar: manifestémonos y festejemos de manera pacífica, respetuosa y creativa, cuidando nuestro entorno como una extensión de nuestras demandas.

Si reclamamos derechos y dignidad, cuidemos también los espacios públicos que nos pertenecen.