Por: Luis Enrique Arreola Vidal.

La política mexicana tiene una extraña costumbre: suele mirar únicamente hacia donde está el poder.

Por eso, mientras gran parte del país observaba las disputas nacionales entre Morena y la oposición, pocos prestaron verdadera atención a la única elección local celebrada este año en México.

Fue un error.

Porque lo ocurrido en Coahuila podría convertirse en uno de los acontecimientos políticos más importantes rumbo a 2027.

Los números son contundentes.

La alianza PRI-UDC obtuvo la victoria en los 16 distritos de mayoría relativa y alcanzó el 55% de la votación válida, más del doble de lo conseguido por Morena y sus aliados.

No fue una elección cerrada.

No fue una victoria por sorpresa ni por accidente.

Fue una demostración de fuerza política, territorial y gubernamental.
Pero para entender realmente lo que ocurrió en Coahuila es necesario recordar cómo comenzó la caída del PRI.

Y, sobre todo, entender que muchos de los errores que lo llevaron a perder la Presidencia siguen siendo lecciones vigentes para cualquier fuerza política que aspire a gobernar México.

A mi juicio, el primer gran error estratégico fue impulsado durante la etapa de Manlio Fabio Beltrones como líder del Senado (2006-2012).

La unificación progresiva de los calendarios electorales terminó debilitando una de las fortalezas históricas del federalismo mexicano: la capacidad de los estados para construir dinámicas políticas propias.

Cuando las elecciones locales quedan subordinadas a las campañas presidenciales, los electores terminan votando más por emociones nacionales que por evaluaciones locales.

La política territorial pierde autonomía.

El segundo error llegó durante el sexenio de Enrique Peña Nieto.

La centralización política redujo márgenes de maniobra para los estados y debilitó la lógica federal que históricamente había permitido al PRI mantener una relación equilibrada entre el centro y las entidades federativas.

Paradójicamente, el partido que durante décadas había construido su fortaleza desde los territorios comenzó a concentrar decisiones en la capital.

Y cuando los partidos dejan de escuchar a los estados, los estados terminan alejándose de los partidos.

El tercer error fue aún más profundo. Bajo la dirigencia nacional de Alejandro Moreno, el PRI acentuó la concentración de decisiones políticas y electorales en la dirigencia nacional.

La definición de candidaturas, estrategias y liderazgos dejó de construirse desde la realidad local para responder a dinámicas de la CDMX.

Con ello se debilitó una de las principales virtudes históricas del priismo: la capacidad de sus gobernadores para convertirse en auténticos operadores políticos de sus estados.

Durante décadas, los mandatarios estatales entendieron algo fundamental: retener gubernaturas, congresos locales y estructuras territoriales no era solamente conservar poder.

Era conservar capacidad de negociación frente al Gobierno Federal, participar en la gobernabilidad nacional y construir acuerdos.

Vicente Fox entendió esa realidad durante su Presidencia, y muchos gobernadores priistas también. La estabilidad política de aquellos años se construyó precisamente sobre ese equilibrio.

Por eso Coahuila resulta tan relevante.

Porque representa exactamente lo contrario a los errores que debilitaron al PRI durante años.

Aquí no ganó una campaña nacional.

Ganó un gobierno local sólido: el del gobernador Manolo Jiménez, quien ha mantenido credibilidad ciudadana con resultados concretos en seguridad, generación de empleos, atracción de inversión y estabilidad económica.

Ganó una estructura territorial fuerte y una administración que demostró que se puede gobernar bien desde lo local.

Lo ocurrido en Coahuila sugiere que México podría estar entrando en una nueva etapa política.

Una etapa donde los gobiernos locales vuelven a adquirir protagonismo, donde la fuerza de los gobernadores puede volver a equilibrar el peso del poder central y donde las elecciones comienzan nuevamente a definirse por resultados concretos más que por narrativas nacionales.

Mientras Morena sigue siendo la fuerza dominante del país, enfrenta también desafíos crecientes derivados del desgaste natural del ejercicio del poder, de conflictos internos y de cuestionamientos que han surgido en distintas regiones.

Paradójicamente, repite algunos de los mismos errores del PRI viejo: centralismo excesivo, imposición de candidaturas y desprecio a las dinámicas locales.

Ese fenómeno no implica necesariamente un colapso electoral, pero sí abre espacios para que la oposición vuelva a competir.

Y ahí radica la verdadera lección de Coahuila.

No anuncia el regreso automático del PRI.

No anticipa una derrota inevitable de Morena.

Lo que anuncia es algo más importante y saludable para la democracia mexicana: el regreso de la competencia política real.

Y cuando la competencia regresa, ningún partido puede seguirse sintiendo dueño permanente del poder.

Porque en democracia las victorias nunca son eternas.

Y las derrotas, tampoco.