CRONICA DEL DESCARO
Por José Gregorio Aguilar
Junio 08, 2026
Una maestra desafió a toda la Secretaría de Espionaje Público. Perdón, quise decir de Educación Pública.
Se llama la prueba “Tamaulipas Aprende 2026”. Y una maestra tuvo el valor de hacer lo que muchos directores de escuela no: cuestionar. Sus alumnos contestaron lenguaje, matemáticas y ciencias. Hasta ahí, escuela. Pero cuando llegaron a la sección de “contexto”, ella dijo: hasta aquí.
¿Y qué traía esa sección? Un inventario. Un censo. Una declaración patrimonial versión infantil: ¿Cuántas televisiones tienen? ¿Cuántos refrigeradores? ¿Lavadoras? ¿Vehículos? ¿Celulares? ¿Si tienen internet? ¿Tienen agua? ¿Drenaje? ¿De qué material es el piso de su casa? ¿A qué se dedica papá y mamá?
Y la maestra, con toda la razón, se preguntó frente a cámara: ¿Para qué quieren esos datos? ¿Eso mide aprendizaje o mide a la familia?
Porque una cosa es medir si el niño sabe fracciones y otra es medir cuántas lavadoras caben en su casa. Eso no es diagnóstico. Eso es perfilamiento.
Ella lo dijo clarito: “Menores de edad no deben entregar información familiar sensible sin plena autorización de sus padres”. Así defendió los derechos de sus alumnos. No los puso a llenar la ficha del INEGI con crayola.
Y viene el argumento favorito de los tibios: “Es que eso se ha hecho desde hace años”. Sí. Y también se robaba desde hace años y no por eso lo vamos a normalizar. La maestra lo resumió mejor: “El contexto del país ya no es el mismo. Hoy vivimos en un México donde el gobierno quiere concentrar cada vez más información, más control y más poder sobre las familias”.
Aquí es donde cala porque ella no se fue por las ramas: “En un país que avanza hacia un modelo socialista, los datos no son cualquier cosa. Los datos sirven para clasificar, condicionar, vigilar y decidir políticas sobre la vida de las personas”. Boom. Lo dijo una maestra, no un columnista.
¿Quieren estadísticas? Perfecto. “Que las pida de manera transparente a los padres de familia, no a los niños”. Porque los niños son menores de edad. No tienen por qué responder sobre los bienes de su casa, la ocupación de sus padres o las condiciones de su hogar. Una encuesta seria debe ser clara, anónima, transparente y autorizada por los padres. No escondida al final de un examen de primaria.
Y la maestra soltó el otro trancazo: “Estoy muy decepcionada de muchos colegas directores, especialmente de las escuelas particulares, porque aplican todo sin cuestionar nada”. Duro y a la cabeza. Porque muchos se pusieron la camiseta de burócratas antes que la bata de docentes. Se les olvidó que “no somos empleados del gobierno, somos responsables de proteger a nuestros alumnos y respetar a sus familias”.
La frase que te tienes que tatuar: “La escuela debe enseñar, no debe convertir a los niños en informantes de su propio hogar”. Ahí está todo. El niño va a aprender, no a declarar. Va a sumar, no a delatar cuántos celulares hay.
Por eso, Mario Delgado y la SEP deberían estar contestando, no preguntando. ¿Para qué quieren saber de qué material es el piso de la casa si no pueden garantizar que el piso del salón no se esté cayendo? ¿Para qué preguntan si hay internet si en la sierra todavía dan clases bajo un árbol?
Padres de familia, como dice la maestra: “Abran los ojos. La familia se respeta, los niños se protegen y la libertad se defiende”.
Y yo le agrego: si van a medir contexto, midan el suyo. Midan cuántas escuelas no tienen luz. Midan cuántos baños no tienen agua. Midan cuántos maestros pagan su plumón de su bolsa. Eso sí es contexto educativo. Lo demás es espionaje con permiso de la dirección.
Posdata para la SEP: Si el niño reprueba por no decir en qué trabaja su papá, el que reprobó fue el sistema. Y si corren a la maestra por defender a sus alumnos, nos vamos a tener que ir todos a dar clases a la banqueta. Ahí sí no preguntan cuántas teles tienes. Solo si quieres aprender.