Por Jaume Osante
Alrededor de 175 extrabajadores de la Comisión Federal de Electricidad se manifestaron este miércoles en Tampico, en rechazo a la reforma que busca limitar el monto de sus jubilaciones.
Mire, ahí está el fondo del asunto: en Tampico no se manifestaron por que sí, ni por gusto de hacer alboroto, sino porque sintieron que les están moviendo el piso a algo que consideran ganado con años de trabajo. Cuando un grupo de jubilados sale a la calle a defender su pensión, lo que está diciendo en el fondo es que quieren respeto.
La protesta de los extrabajadores de la CFE frente a la División Golfo Centro deja una lección que conviene no pasar por alto. Una cosa es revisar irregularidades, si es que realmente existen, y otra muy distinta es meter en el mismo costal a quienes han hecho su vida laboral cumpliendo con lo que la institución les pidió. Porque no se vale que desde el poder se use el término “pensiones doradas” como si todo jubilado fuera sospechoso por default. Eso, además de injusto, huele a simplificación política.
El movimiento en Tampico se suma a una serie de protestas a nivel nacional por parte de jubilados de la CFE, quienes advierten que la reforma podría tener efectos retroactivos, lo que contravendría principios constitucionales.
Y aquí conviene hablar con claridad. Sí, el país necesita orden, transparencia y revisión de privilegios abusivos. Nadie en su sano juicio defendería excesos que ofendan al sentido común o lastimen las finanzas públicas. Pero tampoco se puede gobernar con slogans ni con el martillo de la sospecha. Los derechos laborales no se tocan como quien borra una pizarra. Se revisan con seriedad, con sustento y con respeto.
Lo peligroso de estos discursos es que terminan sembrando una idea muy cómoda para el poder y muy cruel para la gente: que todo beneficio es sospechoso, que toda jubilación es exceso y que todo derecho puede recortarse si antes se le pone un apellido negativo. Y así, poco a poco, se va debilitando la confianza entre institución y trabajador, entre Estado y ciudadanía.
La defensa de las pensiones no es una pelea de oficina. Es un tema de justicia social. Porque detrás de cada jubilado hay una historia de turnos, de desgaste, de esfuerzo y de vida entregada al trabajo. Y si de verdad se quiere corregir lo que esté mal, entonces que se haga con lupa, no con machete en mano.
Al final, lo que está en juego no es solo cuánto recibe un jubilado. Es el mensaje que el país le manda a quien cumplió su parte del trato. Y ese mensaje, por dignidad, no debería ser de castigo disfrazado de reforma.
Los manifestantes insistieron en que continuarán organizándose para defender sus pensiones, al considerar que se trata de un derecho ganado y no de un privilegio.
Porque callar también es decidir… ahí se los dejo, para pensarlo con calma o con coraje.