Reflector/ Gilda R. Terán.
Para muchas personas, la Navidad es la época del año, que invita a la reconciliación, a
compartir reuniones con la familia, padres e hijos, con amigos y a muchos los conduce a un
espacio de reflexión, a un balance interior de sus vidas.
Para mí en lo personal, estos días navideños encierra un momento especial ya que su
esencia es el nacimiento de nuestro Redentor, quien vino a reconciliarnos con Dios, para
poder vivir en las moradas celestiales que él mismo nos preparó.
Y bueno, cualquiera que sea la forma que elijamos para celebrar la grandiosa natividad
redentora, seguramente nos veremos envueltos en este espíritu único que gira alrededor de
todo el mundo.
En algunos casos pareciera que, con su llegada, tenemos que reflejar una escala de valores
y dejar atrás el rencor, el orgullo, la tristeza y otras tantas emociones negativas, las cuales
no son acordes para que prevalezca la espiritualidad.
Y es que el concepto espiritual, supone una nueva visión en nuestra consciencia y cada
cual, desde su perspectiva personal, en las cuales aflora las cualidades como la solidaridad,
humildad, la fraternidad y el amor y que se pueden practicar siempre, en todas las épocas
del año.
Seguramente que para acrecentar el fervor de la esencia de la natividad de Jesús, se logra de
una manera saludable compartiendo los buenos pensamientos y sentimientos en climas de
de sobriedad y sencillez, con una actitud de solidaridad, centrados más en el dar que en el
recibir.
Creo que la verdadera espiritualidad es aquella que produce en el ser humano un cambio
interior, que le puede transformar desde sus circunstancias y su cultura; desde su propia
historia y su entorno familiar, social, etc.
Necesitamos saber que se trata de transformar el corazón y la mente, y entender que ser
espiritual hoy tiene que ver con hacer un camino hacia el encuentro con Jesucristo, que nos
lleve a un profundo cambio interior.
Muchos piensan, que para ser espiritual, es necesario que se lean muchos libros sobre el
silencio, la sinceridad y la superación personal, o porque se viva en una cierta soledad o
se valore y aprecie la poesía, la música y la literatura.
Amable lector, tengo la certeza que somos espirituales a partir del encuentro con Cristo,
pues nos transformamos desde nuestro interior, reflejando con nuestras actitudes, un
nuevo sentido para nuestras vidas.
En el cual prevalecerá el perdón, el amor, la reconciliación, nos hacemos compasivos y
fraternos, abrazamos lo doloroso de la vida, para ser más servicial, en fin es todo lo que
nos hace crecer en solidaridad y empatía.
Pues el amor verdadero no tiene final, vence la oscuridad y transforma lo visible en
invisible, esa fuerza del corazón nos conecta con Dios y con todo lo que existe en el
Universo, verá usted es la mejor manera de caminar por el mundo y nos embriaga en un
estado agradable de bienestar.
Es una energía inagotable y de crecimiento infinito pues cuanto más amamos, más amor
generamos, y pues espiritualmente Dios nos resplandece con su palabra a través de 1ª. De
Corintios 13.
“1.Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un
metal que resuena o un platillo que hace ruido.2. Si tengo el don de profecía y entiendo
todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar
montañas, pero me falta el amor, no soy nada”.
Celebremos el nacimiento del Príncipe de paz, inclinándonos hacia lo espiritual, lo cual
nos conduce a la plenitud del amor, que es el legado de Dios para la humanidad, que todo
el tiempo sea Navidad, para valorar la paz y la generosidad en su verdadero significado
amando al prójimo.
Feliz Navidad, y que reine la armonía y el amor en familia.
Nos vemos en la próxima.
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