Por: Luis Enrique Arreola Vidal.

Morena tiene un problema que no se resuelve con encuestas, convocatorias ni discursos de unidad.

Se llama desconfianza.

En Tamaulipas, el movimiento que presume fortaleza electoral está comenzando a fracturarse por sus propias ambiciones.

La disputa por las Coordinaciones de Defensa de la Transformación amenaza con convertirse en una guerra interna de consecuencias impredecibles rumbo a 2027.

Primero anunciaron fechas. Después las cambiaron. Vinieron los aplazamientos, las nuevas convocatorias y las explicaciones.

Mientras las dirigencias administran el calendario, los aspirantes acumulan sospechas.

Porque cuando las reglas cambian y las decisiones no se explican, la confianza se pierde.

Y sin confianza no existe unidad.

Son 43 municipios, 22 distritos locales y ocho federales. Decenas de posiciones que han despertado cientos de aspiraciones y una pregunta que comienza a incomodar:

¿Quién decide realmente?

La Comisión Nacional de Elecciones controla el procedimiento. La dirigencia estatal intenta mantener el orden. Los grupos territoriales disputan espacios.

Todos hablan de unidad.

Pero cada quien defiende su candidatura.

Y ahí comienza el problema.

Detrás de cada aspirante hay seguidores, operadores, compromisos y estructuras. Cada excluido puede convertirse en un inconforme. Cada inconforme, en una ruptura. Y cada ruptura, en una oportunidad para la oposición.

El PRIAN no necesita derrotar a Morena desde afuera si Morena comienza a destruir su cohesión desde adentro.

El PRI y el PAN observan. Saben que los aspirantes desplazados pueden conservar capital político, presencia territorial y capacidad de movilización.

Lo que Morena deseche, sus adversarios podrían recogerlo.

La ironía sería monumental.

El partido que creció incorporando políticos provenientes de otras fuerzas podría terminar alimentando a la oposición con sus propios inconformes.

Y en una elección municipal cerrada, una estructura que cambie de camiseta puede modificar el resultado.

El gobernador Américo Villarreal tampoco no puede ignorar el escenario. Aunque las designaciones corresponden formalmente al partido, las consecuencias de una fractura terminarían alcanzando al proyecto político que gobierna Tamaulipas.

Guadalupe Gómez Núñez y Rómulo Pérez Sánchez enfrentan el desafío de contener una disputa que podría desbordar a la dirigencia estatal.

Porque una cosa es administrar candidaturas.

Y otra, administrar resentimientos.

Cada aplazamiento alimenta sospechas. Cada decisión cuestionada erosiona la credibilidad. Cada grupo desplazado puede convertirse en un adversario.

Y mientras Morena pelea contra Morena, la oposición tiene la oportunidad de reorganizarse.

El desgaste podría ser brutal.

La verdadera prueba no será designar coordinadores, sino conseguir que quienes pierdan permanezcan dentro del movimiento.

Porque cualquiera presume unidad antes de conocer los resultados.

La unidad se demuestra después de perder.

Morena debe entender que las mayorías no son eternas, las estructuras no son incondicionales y las lealtades tampoco son hereditarias.

Si continúa confundiendo disciplina con silencio, unidad con obediencia y encuestas con legitimidad, podría llegar a 2027 con más agravios que acuerdos.

Con más aspirantes resentidos que operadores convencidos.

Y con un PRIAN dispuesto a abrirles las puertas.

La 4T puede resistir los ataques de sus adversarios. Lo que está por demostrar es si puede resistir sus propias ambiciones.

Porque cuando un partido comienza a desmoronarse desde adentro, sus enemigos no necesitan derribarlo.

Les basta con esperar.

Y recoger los pedazos.

Morena podría descubrir demasiado tarde que su mayor adversario no estaba en el PRIAN.

Estaba en el espejo.