El Patinadero

Juan Antonio Montoya Báez

Los eternos y desesperados aspirantes a los distintos puestos de elección popular acaban de converger en tropel en la Ciudad de México, todo para mimetizarse entre la multitud que abarrotó el festejo oficialista. Y es que este miércoles 7 de octubre, Morena tiró la casa por la ventana en el Auditorio Nacional para escenificar la unidad en la celebración de su 15 aniversario como movimiento político y asociación civil, un banquete al que los suspirantes tamaulipecos acudieron corriendo para ver si de pasada les tocaba alguna migaja del pastel sucesorio.

Haciendo un poco de memoria histórica, hace tres lustros vimos cómo el hoy alcalde victorense, Eduardo «Lalo» Gattás Báez, comenzaba a asomarse como simpatizante y, posteriormente, como militante fundador del Movimiento de Regeneración Nacional en Tamaulipas, y muy particularmente en la capital del estado.

Lalo venía, como muchísimos otros que hoy presumen pureza de izquierda, de las filas del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Gattás, al igual que tantos tricolores decepcionados de la vieja mecánica y de la nula democracia interna del PRI, decidió buscar otros horizontes. Su salida no fue tersa: se marchó tras haber sido burdamente traicionado por el exgobernador Egidio Torre Cantú, quien en su momento ordenó operar las estructuras del estado directamente en su contra.

Todavía se platica en los cafés políticos aquella fatídica reunión de operadores priistas desarrollada en una palapa sobre la carretera Interejidal, donde uno de los asistentes filtró la instrucción cupular: la orden tajante del gobernador era votar en contra de Gattás.

Para asegurar la puñalada, bajaron los sobres repletos de recursos con un incentivo extra: casilla que Lalo perdiera de forma estrepitosa, casilla que se le pagaría doble al operador por la hazaña. Ante semejante maquinaria de sabotaje financiada generosamente desde el erario para encumbrar a los favoritos del mandatario en turno sin importar el color, Gattás perdió la elección de forma inevitable.

Morena nació formalmente el 2 de octubre de 2011 como movimiento político y asociación civil. Ya bajo el traje de partido legal, el entonces IFE —hoy INE— le otorgó su registro oficial en julio de 2014. Sus primeros pasos como franquicia electoral fueron sumamente complejos por la falta de una estructura territorial sólida, por lo que la dirigencia no tuvo empacho en abrir de par en par las puertas para recibir a políticos reciclados de todos los colores.

Para el año 2016, Gattás arrastraba el amargo sabor de la traición tricolor, por lo que redactó su renuncia irrevocable al PRI y la colgó orgulloso en su cuenta de Facebook, presumiendo tres décadas de militancia activa y agradeciendo las coincidencias del pasado, retirándose con la supuesta tranquilidad del deber cumplido.

Fue entonces cuando Lalo brincó al barco guinda y comenzó a acompañar en territorio al gran fundador del movimiento, Andrés Manuel López Obrador. En aquellos ayeres, AMLO era visto por la élite local como un «loquito soñador» de la política que recorría el país con apenas un puñado de seguidores en cada mitin.

El expriista acompañaba fielmente al tabasqueño en sus áridas giras por Tamaulipas e incluso viajaba a otros estados para engordar los eventos. En la entidad, Gattás se cansó de invitar a diversos políticos locales para que se sumaran al proyecto obradorista, pero casi nadie aceptó la oferta; en ese entonces el PRI todavía mandaba galleta, nadie quería quedarse fuera de la nómina estatal y el temor al gobernador seguía plenamente vigente.

Su lealtad temprana le valió a Lalo una buena relación con López Obrador, convirtiéndose en uno de los primeros tamaulipecos en sumarse sin condiciones al proyecto, razón por la cual el propio Andrés Manuel apuntó su nombre directamente en la boleta para la alcaldía en 2018.

En el anecdotario quedó aquella pregunta que el tabasqueño le soltó al victorense sobre con cuántos votos se ganaba la capital y cuántas secciones electorales tenía controladas, sellando además el compromiso de construir el segundo acueducto para Victoria.

Sin embargo, Gattás terminó perdiendo esa contienda ante el panista Xicoténcatl González Uresti, quien llegó impulsado con todo el dinero y el aparato represor del exgobernador Francisco Javier García Cabeza de Vaca.

Hoy, quince años después de aquellas primeras asambleas, el panorama de la grilla es radicalmente opuesto. Los aspirantes ya no caminan solos por los ejidos; ahora andan en tropel y a codazos por los pasillos del Auditorio Nacional.

El presidente del Consejo Nacional de Morena, Alfonso Durazo Montaño, aprovechó el micrófono del XV aniversario para lanzar un enérgico y desesperado llamado a la unidad absoluta, advirtiendo que las tribus internas no deben canibalizarse en una «vulgar pelea por los cargos», un dardo que les cayó directo a los rabiosos grupos que hoy se disputan la capital tamaulipeca.

El festejo sirvió también para atestiguar el relevo generacional, con un Andrés Manuel López Beltrán «Andy» acaparando las miradas y los reflectores en las primeras filas, consolidando su propio camino hacia una diputación federal mientras la militancia hacía fila para pedirle la foto del recuerdo.

Morena se ha transformado en una aplanadora implacable que gobierna el país y la gran mayoría de los estados. Presume un padrón que rasca los 12 millones de militantes; una masa sumamente fiel que no acepta la menor crítica, análisis o recomendación externa.

No es que estén ciegos ante los evidentes errores de sus gobernantes; son, simplemente, complacientes, disciplinados y leales hasta que el presupuesto o la última beca social digan lo contrario.

Bueno, por hoy es todo.
El patinazo… miren que festejar los quince años con tanta lealtad interesada puede provocar una severa indigestión política de cara al 2027.

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