Palabras libres

Por Edgar Joel Yépez Ibarra

He observado con tristeza cómo la ambición  nos lleva a cometer acciones que erosionan nuestra dignidad.

Cautivos de la inseguridad y de la polarización, nos hemos acostumbrado a vivir en una sociedad donde duele el olvido: se olvida respetar la vida y el patrimonio ajeno, olvidamos la decencia y se olvida dialogar con cultura y respeto; se utilizan las tribunas y las redes sociales para denigrarnos unos a otros y para exhibir ambición y pobreza espiritual.

Llama profundamente la atención que, autodenominándonos humanistas, esa esencia sea precisamente de la que más adolecemos. No podemos llamar verdaderamente humanista a una convivencia donde se persigue y se trata de anular al que piensa diferente, y en una sociedad donde nos ponemos la máscara de benefactores y se ocasiona el mal.

En los últimos años, esta crisis moral se ha acentuado; se ha desdibujado el espíritu ético en todo lo que hacemos.

Hemos olvidado que la grandeza humana no se construye pisoteando o denigrando a los demás, sino elevándonos a través de los principios para cuidarnos y que nos vaya bien a todos.

Por ello, urge volver la mirada a lo esencial. Necesitamos sembrar y promover los valores con urgencia, porque son ellos los únicos capaces de sanar nuestras heridas y recordarnos cómo crecer en humanidad.