EN PERSPECTIVA
POR: OMAR ORLANDO GUAJARDO LÓPEZ
— Carney busca cobrar dentro de Estados Unidos el costo de las amenazas.
— La cabeza fría de Sheinbaum también es una forma de defender la soberanía.
— Alito y Cabeza de Vaca buscan en el extranjero un futuro que deben ganarse en México.
A Canadá ya le sale políticamente más barato responder que callar. Donald Trump fue encareciendo la paciencia de su vecino hasta convertirla en un problema para el gobierno de Mark Carney: cada amenaza obligaba a explicar cuánto más estaba dispuesto a aceptar y qué garantía tenía de que la siguiente concesión fuera suficiente. Cuando negociar significa volver a empezar cada vez que el otro cambia las condiciones, aguantar también se convierte en una forma de perder.
Los aranceles canadienses que entraron en vigor este 8 de septiembre alcanzan aproximadamente 20 mil millones de dólares estadounidenses en mercancías, con tasas de entre 15 y 50 por ciento. Su selección busca ejercer presión sobre sectores de estados como Michigan y Ohio antes de las elecciones intermedias de noviembre. Ahí se nota la intención de Carney: trasladar parte del costo de la confrontación a los intereses que pueden reclamarle a Trump dentro de su propio país.
El empresario que pierde pedidos tiene motivos para llamar a su representante, exigir una explicación y preguntarle por qué debe pagar con sus ventas la demostración de fuerza de la Casa Blanca. Si esa inconformidad alcanza a trabajadores, proveedores y comunidades, el conflicto empieza a recorrer el camino que Ottawa necesita. Canadá carece del tamaño económico de Estados Unidos, pero conoce a quienes le compran y a quienes le venden; también sabe que algunos de ellos votan y que sus representantes pronto tendrán que pedirles otra vez el voto.
Por eso resulta equivocada la imagen de Carney envuelto en la bandera y dispuesto a precipitar a su país por un asunto de orgullo. Su respuesta contiene un cálculo sobre el precio de seguir cediendo y sobre la capacidad de hacer costosa la presión estadounidense. La integración que Trump utiliza para exigir ventajas también lo expone: resulta difícil golpear al vecino sin alcanzar a los negocios propios cuando llevan décadas produciendo y comerciando juntos.
El primer ministro llega a esta decisión con un respaldo interno fortalecido por su resistencia a Washington. Esa ganancia política ya existe, aunque las consecuencias de los nuevos gravámenes apenas comiencen. Tener ciudadanos dispuestos a acompañarlo le permite asumir costos que un gobierno aislado difícilmente soportaría. La paradoja es que Trump, empeñado en exhibir la debilidad canadiense, ha contribuido a darle a Carney razones y apoyo para enfrentarlo.
El riesgo sigue siendo grande, precisamente porque la disputa ocurre entre economías estrechamente vinculadas. Una represalia puede buscar un efecto electoral y terminar afectando mucho más de lo previsto. Pero ese riesgo también obliga a mirar lo que ocurría antes: aceptar una exigencia tras otra no garantizaba estabilidad. Carney ha apostado a que su capacidad de negociar mejore cuando Washington entienda que prolongar el conflicto también tiene consecuencias de su lado.
La soberanía adquiere aquí un sentido muy concreto. Un país puede conservar sus instituciones y ver reducido su margen para decidir si cada determinación queda sujeta a una amenaza comercial extranjera. Ahora Canadá intenta devolver parte de esa presión y modificar el cálculo político estadounidense. Sus aranceles no sustituyen el voto de nadie, pero buscan que las decisiones de Trump pesen de otra manera cuando sus ciudadanos evalúen al gobierno y a quienes lo respaldan.
Eso es lo que vuelve relevante para México la confrontación canadiense. La insistencia de Claudia Sheinbaum en defender la autonomía nacional responde a una disputa real sobre quién decide, con qué margen y en beneficio de quién. La soberanía que reivindica la 4T se pone a prueba cada vez que toca sostener una decisión mexicana frente a una exigencia de Washington, mientras se protege una relación de la que dependen producción, comercio y empleo.
La cabeza fría tiene valor porque permite escoger la respuesta sin entregarle al provocador la conducción del conflicto. Sheinbaum puede fijar límites públicamente y mantener a su equipo negociando; de hecho, las conversaciones sobre automóviles y acero continúan pese a las diferencias. México conserva un espacio que hoy está estancado entre estadounidenses y canadienses. Esa continuidad cuenta, aunque los acuerdos pendientes todavía deban demostrar cuánto se consigue proteger.
Ahí se ve una diferencia sustancial: la presidenta debe responder por las consecuencias de sus decisiones ante los mexicanos, mientras Trump pretende que sus vecinos acomoden las propias a sus necesidades políticas. Evitar una escalada semejante a la canadiense exige firmeza y paciencia, pero también recordar que una concesión hecha para desactivar una amenaza puede convertirse en el punto de partida de la siguiente. Negociar requiere saber qué se ofrece y hasta dónde se permite avanzar al otro.
En ese contexto, Alejandro Moreno y Francisco García Cabeza de Vaca parecen avanzar en sentido contrario: uno busca en Washington sanciones contra Morena y contrata servicios para mejorar su presencia ante funcionarios estadounidenses; el otro contempla una campaña presidencial desde Estados Unidos. Sus aspiraciones encuentran más facilidades para cruzar la frontera que para convencer a los mexicanos. Mientras la crisis obliga a defender la capacidad de decidir dentro del país, ambos siguen proyectando desde fuera un futuro que necesitan ganarse aquí.
Carney y Sheinbaum tienen que resolver algo bastante más exigente: proteger a sus países frente a un vecino que utiliza la dependencia económica para imponer condiciones. El canadiense decidió responder con el respaldo de una sociedad que ha acompañado su resistencia; la mexicana mantiene abierta la negociación y defiende el derecho a fijar sus propios límites. La diferencia entre sus respuestas expresa también el momento de cada relación: Ottawa busca que confrontar tenga un costo para Washington; México procura que todavía resulte posible acordar sin ceder la conducción de sus decisiones.
Trump tendrá que calcular lo que significa prolongar el enfrentamiento con Canadá mientras negocia con México. Abrir y sostener conflictos con sus dos vecinos también alcanzaría a empresas, trabajadores y consumidores estadounidenses. La integración que le permite presionarlos le impide tratar esas relaciones como si las consecuencias fueran exclusivamente ajenas. Carney apuesta a que ese costo llegue a la discusión electoral; Sheinbaum conserva la interlocución para hacer valer los intereses mexicanos antes de que el deterioro cierre más salidas.
A Canadá ya le sale políticamente más barato responder que callar porque Trump fue agotando el valor de seguir tolerándolo. México busca conservar una relación en la que negociar todavía permita defender lo propio. Carney y Sheinbaum deberán responder ante sus ciudadanos por lo que consigan proteger, pero el mandatario estadounidense también tendrá que hacerlo por lo que su presión termine costando en casa. Ese es el límite que la Casa Blanca empieza a encontrar: puede encarecerles la relación a sus vecinos, pero no garantizar que la factura se quede fuera de Estados Unidos.