Dr. Adán W. Echeverría-García

Les cuento tres casos, dos en bachillerato, uno de universidad, tres maestros acusados. El director de un bachillerato me habló de una alumna que recurrió a sus maestras para mostrar fotos en su dispositivo móvil: el maestro, en el baño de la misma institución, le había enviado fotos de sus genitales. Mi amigo el director pidió al profesor que se explicara: «La alumna me puso un cuatro» Sí, lector, esa fue la justificación de aquel profesor. «¿Cómo?» Le cuestionó mi amigo. «Ella me mandó fotos muy sugestivas a mi teléfono, y agregó: Te toca, o me vas a dejar todo el trabajo a mí». Mi amigo lo miró y replicó: «Y tú por tonto caíste. Ella tiene 16, tú casi 30 años. Eres el profesor, la figura de autoridad. Estás casado, y tienes la esposa embarazada. ¿Qué vas a hacer ahora? Por lo menos acá, ya no continuarás trabajando; y eso va a terminar en una denuncia, porque ella es una menor de edad».

El siguiente caso es peor: en el bachillerato de una universidad, los padres de una chica menor de edad la sorprendieron gastando dinero con sus amigas y su hermanita. Al cuestionarla de donde tenía dinero, y al notarla extraña, esquiva, revisaron sus pertenencias y encontraron una tarjeta de crédito. «¿De dónde sacaste esta tarjeta? ¿Quién te la dio? Y ella confesó que se la había dado su novio, un profesor del bachillerato, y con quien llevaba meses sosteniendo relaciones sexuales. Desde luego que los padres acudieron a las instancias correspondientes y hablaron con la directora del bachillerato, quien presumía en redes sociales su gran amistad con aquel profesor. Fue un desastre darse cuenta de en quien habían puesto la formación de aquella adolescente.

Uno más: entra un profesor al salón a impartir clases, un profesor que siempre bromeaba con el alumnado, y a quienes les parecía muy divertido y hasta bonachón. Ese día, un grupo de alumnas están tomándose fotos; el profesor les pide que paren, que vuelvan a su asiento, y una dice: «Es mi cumpleaños, profe. Deme un abrazo, felicíteme». Acto seguido la alumna, mayor de edad, universitaria, camina hacia el escritorio con los brazos abiertos, pidiendo que el profesor la abrace. Él lo hace, y la alumna pone la cabeza del maestro en sus pechos; clic, los compañeros toman varias fotos, y con ellas acuden a las autoridades universitarias. Citan al profesor, pretenden llevarlo al Comité de Ética y Disciplina, el profesor mira las fotos. Se indigna. «Hagan lo que quieran, soy inocente, pero ya no necesito esto, así que renuncio». Días después la alumna deja de asistir a clases.

Tan solo tres casos les expongo. Cada maestro, maestra, profesor y profesora de bachillerato, padre y madre de familia, alumnas y alumnos, podrán tener sus propias historias, tantas historias como personas haya que quieran anotar sus experiencias. Esto es un fenómeno que debe ser atendido; pero ninguno de estos casos, ni otros, le dan la razón a Jasso de haber expuesto en vídeo el rostro, el nombre, y el instituto donde estudiaba la adolescente que lo acusaba. Jasso violó al menos esa normativa legal. Dejen de querer santificarlo. Se trata de figuras que tienen cierto poder sobre los educandos, y tenemos que hacernos responsable de ello.

Adenda: Niña de once años llega embarazada al hospital. El personal médico llama de inmediato al DIF, se presume que ha sido el padrastro; sí, la figura de autoridad. Muerte una adolescente de 13 años en una escuela, detienen a la encargada de su formación y al director del instituto, las figuras de autoridad. ¿Qué le hemos hecho a nuestros jóvenes? ¿Cuál es la responsabilidad de todos los adultos que los rodean, les enseñan, los tienen bajo su cuidado y tutoría?