COLUMNA:
CRÓNICAS DEL DESCARO-
Por José Gregorio Aguilar
Después de casi veinte días de silencio, el martes 5 de agosto el secretario Miguel Ángel Valdez García salió a dar la cara. Y su gran explicación fue: “Lo que no estaba regulado era la parte militarizada y el campamento”.
Nadie lo responsabiliza de haber creado la Academia Marina Doenitz hace 35 años. Eso ocurrió mucho antes de su llegada. El punto es otro: durante el año que lleva al frente de la Secretaría de Educación, bajo su mando operaba una academia que terminó convertida en escenario de tortura y tragedia.
La pregunta que sigue sin respuesta es si en ese año alguien de su cadena de mando —supervisores, jefes de sector, inspectores— acudió a ciudad Madero. Porque la Doenitz no funcionaba en la clandestinidad: tenía RVOE estatal, clave de centro de trabajo y zona escolar. No era “al margen”, como él asegura. Era parte de la estructura oficial.
Si hubo supervisión, ¿qué se reportó? ¿Que todo estaba en orden? ¿Que era normal rapar alumnos, someterlos a ejercicios hasta el desmayo y organizar campamentos sin regulación? Y si no hubo supervisión, la omisión es evidente. Esa omisión costó la vida de Dafne.
Valdez habló de un vacío jurídico desde 2008, cuando la SEDENA dejó de regular estas academias. Es cierto, existía ese vacío. Pero él tuvo un año para revisar justo ahí, donde el riesgo era mayor. No lo hizo y así siguieron operando cinco academias militarizadas en Tamaulipas, en Reynosa y Altamira, con el disfraz de disciplina castrense, de las que seguramente ni él sabía de su existencia y así seguirían, invisibles, de no ser por el trágico caso de Dafne
Su justificación de que no habló antes “por respeto al proceso” tampoco convence. Respeto hubiera sido asumir la responsabilidad institucional desde el primer día, reconocer que la academia tenía permiso de la SET y entregar toda la información. En lugar de eso, y según parece, se escondió, incluso, faltó a la primera ceremonia de honores convocada por el gobernador pero al día siguiente, reapareció en un evento con un guion aprendido. Obviamente, la nube de reporteros lo entrevistó.
Mientras tanto, el Fiscal asegura que no hay investigación contra autoridades educativas. ¿Cómo la habría, si el propio secretario insiste en que las academias operaban “al margen”? Con esa frase, él mismo exonera a su estructura. Y el profesor Miguel Tovar Tapia, el único que sí cuestiona e indaga, encontró en el sistema oficial de información de la propia Secretaría, el nombre de un director distinto al detenido por feminicidio. ¿Quién es ese nombre fantasma que aparece en los registros de la SET?
Valdez parece creer que ya libró la presión con su explicación. Pero no se le exige por 2008. Se le exige por 2025-2026, el año en que tenía la obligación de supervisar y no lo hizo. El año en que eligió el silencio sobre la responsabilidad.
Y así concluyó su entrevista: rodeado de reporteros, algunos conformes con su explicación, otros poquitos con ganas de seguir preguntando. Él se alejó satisfecho, porque no hubo preguntas incómodas; más bien satisfecho porque no dio lugar a ellas. Pero la opinión pública no se conforma. Decir que había un vacío legal no resuelve nada: confirma la gravedad del asunto. Con esa explicación, el secretario se lava las manos y apuesta a que el tema se enfríe, a que poco a poco se deje de hablar de la Doenitz y de Dafne.
El respeto al proceso no puede ser excusa para el silencio. Porque mientras las autoridades callan, la sociedad sigue preguntando. Y las preguntas, como la memoria, no se borran.
Es increíble cómo después de semanas de silencio ahora todos hablan del futuro: supervisar, legislar, regular, crear marcos normativos… como si de pronto hubiera nacido la urgencia. El contraste es brutal: cuando Dafne murió, nadie quiso hablar; ahora que el tema ya está en la agenda pública, todos se suben al discurso de “vamos a revisar” y “vamos a hacer leyes”. Ese giro es parte del descaro: las autoridades que callaron en el momento crítico ahora buscan capitalizar el tema con promesas de futuro. Pero lo que falta no son discursos de lo que harán mañana, sino explicaciones de lo que no hicieron ayer
De ese tamaño es el descaro.