El Patinadero

Juan Antonio Montoya Báez

En el Club Campestre hay una crisis económica, pero también de valores y de razonamiento, envuelta en la lógica de su realidad financiera. Actualmente, en el rancio club de Ciudad Victoria se vive una crisis debido a que un alto porcentaje de socios tiene problemas para pagar sus cuotas de consumo y mantenimiento, por lo que la mesa directiva empezó a suspender el servicio a un importante número de ellos. La tensión es mucha, al grado de desatar un debate interno respecto a la aceptación de aquellos interesados en comprar nuevas acciones.

Ciudad Victoria es un municipio evidentemente burocrático que depende totalmente del flujo del dinero público; si el gobierno trae obra y movimiento financiero, eso se refleja de inmediato en las calles de la capital. Durante el sexenio del panista Francisco Javier García Cabeza de Vaca se vivió una de las peores crisis económicas, pues no había flujo financiero en la urbe. Sabemos que el panista odiaba a los victorenses y a algunas de sus familias, por lo que estranguló al municipio.

Al entonces alcalde priista Óscar Almaraz Smer le negaron cualquier tipo de apoyo, pero eso no lo detuvo; sabía tocar puertas y conseguir recursos adicionales para el beneficio de Ciudad Victoria, con lo que se pavimentaron calles y se mejoraron las redes de drenaje y alumbrado público. Algunos lo criticaron por las obras de embellecimiento del 17 o la realización del Carnaval, donde trajo a grupos musicales de fama internacional; si bien es cierto que la ciudad tenía otras prioridades, eran recursos que llegaban etiquetados desde la Ciudad de México y no podían desviarse a otros rubros.

Posteriormente, fue relevado por el peor alcalde que ha tenido la capital y también el más de uñas: Xico González Uresti, quien prefirió entregar el manejo de los recursos del Ayuntamiento y de la Comapa local al hoy diputado local Ismael García Cabeza de Vaca. Saquearon la ciudad y las obras nunca se vieron. El desvío de recursos se hizo a través de cursos fantasma y obras inexistentes, como un supuesto cambio de drenaje en la ciudad que sirvió como fachada para la sustracción de millones de pesos. Fue tan malo el trabajo de Xico que al exgobernador Cabeza de Vaca no le quedó más remedio que darlo de baja y relevarlo con su prima, Pilar Gómez Leal.

Durante ese sexenio, el Club Campestre vivió una de sus peores épocas, la cual hoy parece regresar. Por ello se vive una intensa lucha entre sus socios, quienes discuten la necesidad de abrir la puerta a nuevas acciones —poniendo menos trabas a los interesados— o seguir soportando la asfixia financiera. Los interesados actuales no son millonarios de abolengo, ni tampoco dieron el «braguetazo» casándose con la hija de algún socio para facilitar el proceso.

La acción tiene un costo que oscila en el millón y medio de pesos, y las últimas que se han pretendido comprar pertenecen a funcionarios municipales y estatales de los gobiernos de Morena. Son ellos quienes tienen las posibilidades económicas de adquirirlas. Hasta hace poco, el marcador en el consejo directivo de El Campestre era un empate de uno a uno: una solicitud aceptada y otra rechazada.

Sin embargo, el marcador para aquellos que están en contra de los funcionarios morenistas acaba de modificarse; van perdiendo con el ingreso de un nuevo socio que colocó su documentación a nombre de su esposa para tratar de evadir a los consejeros rebeldes. El presidente del Club Campestre, Adrián Tirado González, por debajo de la mesa aceptó vender una acción a favor de Marco Batarse hijo, a pesar de que en primera instancia había sido rechazado por los miembros del consejo.

La situación es simple: Marco Batarse es el delegado de la SCT en Sinaloa, por lo que tiene el poder para otorgar contratos millonarios de obra pública a sus cercanos o simplemente beneficiar a quien se le plazca. Cualquier delegado de la SCT se hace millonario en ese puesto; dígame usted si conoce a alguien que haya pasado por el cargo y sufra hambrunas. Claro, a menos que haya malgastado su fortuna; después de todo, lo que fácil llega, fácil se va.

El presidente del Campestre, junto a su hermano Guillermo Tirado González, constituyeron el Grupo Tirado, un equipo de arquitectos que se apoderaron de un sector del mercado inmobiliario y de la obra pública en Nuevo León, y que buscan —o ya obtuvieron— los favores de Batarse hijo. Ahora existe una rebelión de consejeros que están por convocar a una reunión extraordinaria ante el abuso de facultades del arquitecto Tirado. Los opositores son encabezados por varios socios que rechazan la imposición. Sus nombres son lo de menos, pero entre ellos se encuentra el propietario de una empresa de lavado de autos, un exrector de la UAT, un connotado contador y un funcionario municipal.

Quiénes ingresan o quiénes salen del Campestre es lo de menos; lo verdaderamente importante es el origen de los recursos de los aspirantes. Esto también habla de la pujanza y la poca seriedad de la llamada «austeridad franciscana». Es la fortuna del nuevo socio del Campestre, aquel que surge de las aventuras y desventuras de la 4T.

Bueno, por hoy es todo.
Adiós y aguas con los patinazos…

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