EN PERSPECTIVA
POR: OMAR ORLANDO GUAJARDO LÓPEZ
– La presidenta identifica a la derecha internacional como el adversario rumbo a 2027.
– Fox y Calderón aparecieron en la lista; la disputa va mucho más allá de México.
– Salinas Pliego, el gran ausente del discurso.
La presidenta Claudia Sheinbaum aprovechó la celebración por los dos años del triunfo electoral de la Cuarta Transformación para hacer algo más que presentar resultados. Desde el Monumento a la Revolución habló de soberanía, programas sociales, economía y estabilidad política, pero también dedicó una parte importante de su mensaje a identificar a quienes considera los principales adversarios de su proyecto político.
Los nombres no fueron elegidos al azar. Vicente Fox y Felipe Calderón aparecieron como referentes de una corriente que la presidenta vinculó con los sectores conservadores nacionales e internacionales. El señalamiento llega después de meses marcados por episodios que van desde las declaraciones de Isabel Díaz Ayuso hasta las presiones políticas provenientes de Estados Unidos y la permanente construcción de narrativas internacionales sobre la vida pública mexicana.
En ese contexto también se inserta el encuentro encabezado por Maru Campos en Chihuahua, donde reaparecieron juntos Fox, Calderón, Ricardo Anaya, Margarita Zavala y otros liderazgos opositores. Más que responder a un evento en particular, Sheinbaum pareció aprovechar el momento para colocar frente a sus simpatizantes una idea muy clara: la disputa rumbo a 2027 no será presentada únicamente como una competencia entre partidos mexicanos, sino como una confrontación entre proyectos políticos con aliados, intereses y respaldos que trascienden las fronteras nacionales.
Por eso el discurso tuvo un tono distinto. No se concentró solamente en defender logros de gobierno. También comenzó a delinear el terreno sobre el que se librará la discusión de los próximos años. Fox y Calderón aparecieron como símbolos reconocibles de esa confrontación y como los rostros de una derecha que busca reagruparse después de varias derrotas electorales.
La advertencia de Sheinbaum sirve como punto de partida para una reflexión más amplia. Más allá de las disputas partidistas, México enfrenta un riesgo que suele aparecer en toda democracia: la pérdida de la memoria política. Porque una sociedad puede criticar con razón a sus gobiernos, pero cuando olvida las causas que produjeron los cambios históricos, termina abriendo la puerta al regreso de aquello que buscó dejar atrás.
Morena merece crítica. La necesita. Gobernar implica rendir cuentas y aceptar el escrutinio público. Pero una cosa es señalar errores, exigir resultados o denunciar desviaciones, y otra muy distinta perder de vista por qué millones de mexicanos decidieron sacar del poder a quienes gobernaron durante décadas.
Apenas han pasado ocho años. Históricamente es muy poco tiempo. Quienes vivimos los gobiernos de la derecha conocemos sus resultados. Recordamos las promesas incumplidas, la corrupción convertida en sistema, la violencia desbordada y una clase política que terminó alejándose de la sociedad. La llegada de Morena al poder no fue un accidente electoral ni una moda pasajera; fue la consecuencia de un largo proceso de desgaste y rechazo ciudadano.
Por eso la discusión de fondo no debería ser si Morena merece críticas. Claro que las merece. La pregunta verdaderamente importante es hacia dónde conduce esa crítica. Si sirve para corregir errores y fortalecer la vida pública, cumple una función democrática indispensable. Pero si se ejerce sin memoria, sin contexto y sin perspectiva histórica, puede terminar convirtiéndose en el arma más filosa de quienes nunca creyeron en la transformación del país.
Lo ocurrido este fin de semana en Colombia es un recordatorio de que ningún proyecto político tiene garantizada la continuidad. Las nuevas derechas han aprendido a crecer sobre el desencanto, a convertir la frustración social en combustible electoral y a presentarse como alternativas renovadas aun cuando muchas de sus ideas sean viejas conocidas. México tiene su propia realidad, pero ignorar esas señales sería un error.
La paradoja es tan simple como incómoda: una sociedad puede pasar décadas luchando por cambiar su destino y, por falta de memoria, terminar entregando el futuro a quienes representaban precisamente aquello que quiso dejar atrás.
Quizá por eso el mensaje presidencial fue tan explícito. No se trató solamente de una celebración. También fue la presentación pública de los jugadores que, desde la visión de la Cuarta Transformación, ocuparán el tablero rumbo a 2027 y quienes no.