Reflector/ Gilda R. Terán.
Hay historias que dan fe como el ser humano en búsqueda de la felicidad y complacencia
para sus seres amados, llevaron a cabo obras majestuosas, enigmáticas, que subyugaban el
espíritu con su fascinación.
y en estas tareas de amor sublime, el Rey Nabucodonosor, fue el protagonista de una
historia intensa para complacer a su amada esposa, se dice que, en la antigua Babilonia, que
fue una de las civilizaciones más influyentes de la Mesopotamia, rompió esquemas por sus
increíbles avances en arquitectura y urbanismo.
En un afán de curar la nostalgia de su amada Amytis, el poderoso Monarca, se dio a la tarea
de construir los Jardines Colgantes de Babilonia, que fueron, considerados, como una de las
Siete Maravillas del Mundo Antiguo.
Por aquello tiempos, los autores de crear este “paraíso verde”, no solo demostraron la
habilidad arquitectónica de los babilonios, sino también su capacidad para integrar la
naturaleza con el entorno urbano de una manera espectacular.
Y justamente, en el siglo VI a.C., el rey Nabucodonosor II, se dio cuenta de la tristeza de su
esposa, Amytis de Media, quien extrañaba las montañas verdes de su tierra natal, buscó a
los creadores para diseñar un gran oasis de vegetación para su bella consorte.
En estas tareas, crearon un efecto de montaña artificial, y ya encarrerados en esta
majestuosa obra, para soportar el peso de la vegetación, los árboles y el sistema de riego,
los babilonios construyeron terrazas masivas hechas de ladrillos de barro, revestidos con
asfalto y ladrillos cocidos para impermeabilizar.
El diseño de los Jardines Colgantes reflejaba no solo la innovación arquitectónica, sino
también una profunda conexión con la naturaleza y la espiritualidad, cada terraza estaba
decorada con una variedad de plantas, árboles frutales y flores que creaban un exuberante
paraíso verde en medio del desierto.
Y no solo eran un lugar de belleza estética, sino que también tenían un significado
simbólico y práctico para los babilonios, ya que podrían haber sido concebidos como una
representación terrenal del paraíso, un lugar donde los dioses y los hombres podían
coexistir en armonía.
Ya que, en la cultura babilónica, los jardines eran considerados un reflejo de los campos
celestiales, donde la naturaleza florecía sin restricciones,
Y, más allá de su simbolismo, también ofrecían un refugio fresco y sombreado del
abrasador sol mesopotámico, su vegetación proporcionaba sombra, y el agua que fluía
constantemente ayudaba a enfriar el ambiente, creando un oasis de frescura en medio del
desierto.
En lo personal, tengo la certeza, que estas obras fascinantes de verde vegetación, es un
símbolo de resiliencia, porque, aunque actualmente no existe ningún vestigio de su
existencia, los jardines han perdurado en la memoria cultural como símbolo de la capacidad
humana para crear belleza y orden en medio del caos.
Además, representan la fortaleza de la civilización babilónica y su legado duradero en la
historia de la humanidad, recordándonos que la creatividad y la innovación pueden florecer
incluso en los lugares más inesperados.
Por lo tanto, estos jardines, considerados una de las siete maravillas del mundo antiguo,
representa el esfuerzo por aliviar la melancolía y la nostalgia de un ser querido, creando un
entorno familiar para superar la tristeza del exilio.
Y se pueden considerar, que han influido en la memoria comunitaria como el prototipo del
«Edén» o paraíso perdido, simbolizando la búsqueda humana de la armonía perfecta entre el
hombre y la naturaleza.
Hasta la próxima.
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