El Patinadero

Juan Antonio Montoya Báez

Desde hace años, los apoyos a la cultura se vienen abajo a pasos agigantados en todo el país, y por supuesto, Tamaulipas no es la honrosa excepción. La decepción y la desilusión visten hoy las ilusiones de los creadores locales, quienes siempre —sí, absolutamente siempre— tienen que aprender a sobrevivir en medio de la precariedad económica ante la escasez de presupuestos; una crisis histórica que terminó por agravarse de forma espantosa tras el impacto de la pandemia de Covid-19.

Han sido tiempos de vacas flacas para la comunidad artística, la sequía presupuestal es de tal magnitud que más de uno ha comenzado a extrañar, con indiscutible ironía, aquellos tiempos de las administraciones del PRI, cuando los apoyos gubernamentales eran mayores, aunque evidentemente seguían siendo insuficientes.

Lo paradójico del asunto es que la inmensa mayoría de los creadores y artistas —al menos todos los que tenemos el gusto de conocer— se volcaron con fervor y pasión a apoyar el proyecto electoral de Morena en las urnas. Confiaban ciegamente en ese «humanismo» que tanto pregonan desde el púlpito oficial, jurando que por fin aterrizarían los fondos, las becas y los estímulos que por décadas se la pasaron gestionando sin éxito.

La realidad nacional se encargó de propinarles un cubetazo de agua fría. Este miércoles 28 de octubre de 2026, el reconocido actor Daniel Giménez Cacho lamentó públicamente en una entrevista la vulnerabilidad extrema bajo la que opera el 98 por ciento de la comunidad artística en México. El protagonista de Bardo no se anduvo con rodeos frente a los micrófonos:

“Desde el primer día del gobierno de López Obrador nos sentimos excluidos, pese a haber votado por ellos. En el mundo de la cultura hay algunos privilegiados, como yo, pero el 98% de la comunidad está en un nivel de precariedad, no puede sostener sus producciones”.

Giménez Cacho fustigó que la llegada de la Cuarta Transformación al poder central lejos de impulsar el arte, ejecutó una sistemática andanada en su contra, disolviendo fideicomisos indispensables para el cine y el teatro, imponiendo regímenes fiscales anuales que entorpecen la operatividad de los colectivos y aplicando recortes presupuestales que no dan tregua.

“Se nos prometió que en el gobierno de Claudia Sheinbaum se iba a revertir, pero simplemente no sucedió”, remató el actor con evidente amargura.

En Tamaulipas, el panorama cultural da tumbos exactamente en la misma dirección, con el desplome de los apoyos institucionales a los creadores comenzó a resentirse con fuerza durante el sexenio priísta de Egidio Torre Cantú, se aceleró de forma drástica bajo el mandato del panista Francisco Javier García Cabeza de Vaca y sigue arrastrándose en el suelo con la actual administración estatal.

Los estrategas del Palacio de Gobierno se equivocaron de cabo a rabo desde el arranque del sexenio con el nombramiento de la primera titular del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes (ITCA), Brenda Denisse de la Cruz López.

La mujer llegó al cargo sin la más mínima experiencia en la gestión cultural, pero eso sí, con muchísimas ganas de saquear las arcas de la dependencia, terminando su gestión eyectada de la oficina en medio de graves acusaciones por presunto desvío de recursos.

Al día de hoy, pesa una denuncia formal en su contra ante las autoridades correspondientes; pero el expediente, al más puro estilo de la impunidad guinda, de plano nada más no camina ni avanza en las mesas de la Fiscalía.

Lo bueno es que, por lo menos, a Brenda Denisse no le dio por registrarse en la plataforma digital para buscar la alcaldía de Altamira… o quién sabe, ya ven que en el «mundo del revés» de Morena la lista de los anotados se guarda bajo estricto secreto, a menos de que los propios pillos presuman su comprobante en las redes.

El rostro más doloroso de este abandono institucional lo encarna la querida maestra, escritora y poetisa victorense, Nohemí Sosa Reyna. Ante la cerrazón absoluta de las autoridades, la escritora tuvo que darse a la hercúlea tarea de publicar de forma totalmente independiente su más reciente novela, titulada de forma muy profética: “Bitácora de un desencanto”. No hace falta aclarar que el texto no contó con un solo centavo del presupuesto del ITCA; el libro carece de sello editorial, no tiene registro de código ISBN ni presume un tiraje industrial.

La obra de la maestra Sosa Reyna es un conmovedor objeto artesanal confeccionado meticulosamente con sus propias manos: diseñó la portada utilizando un trozo de cartón reciclado de una caja de envíos de Estafeta, la cual amarró con un modesto listón de color verde.

Decoró la cubierta a mano con plumines de colores, dibujando a cinco hombres con sombrero y paliacate rojo a bordo de una balsa sobre las aguas de un río, rodeados de mariposas.

En el interior, las páginas de la novela son simples fotocopias engrapadas que la propia autora carga con dignidad dentro de una bolsa blanca de plástico.

Los apoyos del Instituto de Cultura son nulos, obligando a creadoras con la trayectoria de Nohemí a salir a vender sus propios textos en las bancas de las plazas públicas para no dejar morir su creatividad.

«He tocado mil puertas en el área editorial de Cultura y simplemente no apoyan. Me dicen siempre lo mismo: que no hay recursos y que no hay espacios disponibles», confiesa la escritora. Con más de 40 años de experiencia acumulada, varios libros publicados y un respetado paso por el periodismo y el magisterio, su drama es el espejo de decenas de creadores locales que atestiguan cómo el dinero público se esfuma en gacetillas de utilería en lugar de aplicarse en el talento de Tamaulipas. La maestra solo pedía que le imprimieran sus páginas; se cansó de dar vueltas en la burocracia y hoy su portada de cartón habla de frente sobre la desilusión.

El ITCA se mantiene como una de las más grandes y vergonzosas asignaturas pendientes de la administración estatal; arrastra una deuda histórica con los escritores, actores, cantantes y pintores que sueñan con ver florecer sus proyectos.

Ya sabemos que históricamente ha sido difícil vivir del arte, pero la misión se vuelve imposible en estos tiempos donde el pregonado humanismo se extravió por completo para los artistas. La novela artesanal de Nohemí Sosa Reyna es una bitácora de desencanto, pero sobre todo, representa un grito desesperado por la dignidad de una poeta que se niega a rendirse al olvido.

Los presupuestos oficiales podrán estar congelados por la ineptitud, pero las ganas y el sudor de los artistas tamaulipecos siguen adelante, teniendo que blindarse a diario contra los dardos de la incompetencia de los funcionarios de Cultura y de los legisladores que aprueban recortes y diseñan trabas burocráticas para impedir el acceso a los fondos públicos.

Bueno, por hoy es todo.
El Patinazo… miren que amarrar tu novela con un listón verde y cartón reciclado expone de cuerpo entero la tétrica realidad de la cultura en la era de la transformación.

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