Victoria y Anexas/Ambrocio López Gutiérrez/

Los que viajamos en el tiempo de la segunda mitad del siglo XX al XXI tuvimos el privilegio de conocer a través de los medios o en carne propia el terror de la llamada guerra sucia materializada en una represión contra las fuerzas de izquierda bajo el argumento de que el socialismo y el comunismo eran ideologías extranjeras y ajenas a nuestra idiosincrasia (como si el idioma español y el cristianismo religioso tuvieran origen chichimeca o mesoamericano). Supimos de la violenta represión contra los trabajadores petroleros, ferrocarrileros, electricistas, telefonistas, universitarios y de la educación en general. Estaba prohibida pero en la frontera se encontraba la revista ¿Por qué? Que dirigía el célebre periodista yucateco Mario Menéndez Rodríguez quien se tuvo que exiliar en La Habana porque sufría feroz persecución del gobierno del Partido Revolucionarios Institucional. Por fortuna, fue amnistiado, regresó a Mérida y junto a algunos paisanos fundó el diario ¡Por Esto! que circula en la península.

No se trata de decir aquí que nuestra generación sufrió mucho. Que Dios me libre de hacerme la víctima. Como muchos jóvenes de los setenta participamos con alegría en las manifestaciones a favor de la Revolución Cubana; recogimos miles de firmas para que se registrara el Partido Comunista Mexicano que había sido fundado desde 1919. Asistimos a los campamentos de la Tendencia Democrática de los Electricistas; acompañamos a los telefonistas y otras organizaciones proletarias en sus movilizaciones. Estuvimos presentes como estudiantes en las tomas de tierras del Plan del Alazán. No ganábamos nada pero disfrutamos cuando miles de campesinos recibieron las tierras que estaban acaparadas por las viejas familias del norte de Tamaulipas. En ratos trabajábamos para ganar el sustento, de pronto íbamos a estudiar y nos dábamos tiempo para enamorarnos con la certeza de que la humanidad avanza inexorablemente hacia el socialismo y el comunismo.

Las causas proletarias y democráticas del mundo eran nuestras causas; sufrimos la caída de la Unidad Popular en Chile; algunos de mis compañeros lloraron por la muerte de Salador Allende; nos unimos a las movilizaciones populares y estudiantiles por la libertad del pueblo chileno y la Unión Antifascista. Nuestras protestas no le hicieron ni cosquillas al dictador Augusto Pinochet quien se quedó en el poder más de una década y lo más terrible es que sigue siendo el modelo a seguir por las oligarquías sudamericanas partidarias del orden y el progreso (según ellos). Conocimos los excesos norteamericanos durante el mandato de Ronald Reagan y la criminal política anti obrera de la británica Margaret Thatcher. Desde lejos vimos como los ingleses masacraron argentinos en la guerra de Las Malvinas y  nos deprimimos cuando se disolvió la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (la madre patria le decían algunos).

Así como sufrimos por los retrocesos democráticos, disfrutamos como enanos las derrotas del fascismo. Nunca olvidaré la parranda que nos corrimos varios jovenzuelos de entonces cuando terminó el sangriento régimen de Francisco Franco en España y la llegada de la monarquía constitucional que gobierna hasta nuestros días. Irónicamente, todavía en 1990, ya en plena democracia ibérica, todavía circulaban monedas con la efigie del generalísimo como le llamaban sus admiradores. En realidad, el franquismo sigue vive y se manifiesta en el fanatismo ideológico del Partido Popular, heredero de la Falange Franquista y Vox, expresión de la ultraderecha. Décadas después de festejar la caída del fascismo en España, conservo el deseo ferviente de que se acaben las monarquías en el mundo para que la humanidad transite por las amplias alamedas de la democracia como escribió en sus últimos momentos el mártir chileno.

Durante las últimas décadas del siglo XX en México vivimos lo que el peruano Mario Vargas Llosa definió como la dictadura perfecta; es decir, había un partido de Estado pero organizaba elecciones cada seis años para elegir un presidente que era todopoderoso. Lo que el ganador del Nobel de Literatura nunca explicó es que aquella dictadura no era tan perfecta porque existía una represión despiadada contra la disidencia; se perseguía a la izquierda pero también a campesinos y obreros que exigían mejores condiciones de vida. El asesinato del líder Rubén Jaramillo junto a su mujer embarazada y sus hijos, en el estado de Morelos fue obra del presidente priista Adolfo López Mateos; la espeluznante matanza de estudiantes en Tlatelolco se debió a los delirios anticomunistas del chacal presidente priista Gustavo Díaz Ordaz y la pobreza de finales del siglo XX y principios del XXI se la debemos a Carlos Salinas de Gortari.

Por cierto, CSG fue la estrella del neoliberalismo que logró unificar el viejo partido tricolor con el Partido Acción Nacional cuyos presidentes Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa siguieron aplicando el mismo neoliberalismo, pero a lo bestia, con agravantes como la complicidad con el crimen organizado como lo han documentado las autoridades mexicanas y de los Estados Unidos. Genaro García Luna es elemento clave para entender la debacle del PRIAN ya que sirvió a ambos partidos. Por lo anterior y muchas cosas más, el PRIAN es hoy por hoy el   partido del nunca jamás. El régimen ha cambiado. Nunca jamás regresará el PRI; el PAN tampoco. Nunca jamás.

Correo: [email protected]