Palabras libres
Por Edgar Joel Yépez Ibarra
Seamos felices sembrando dicha y no dolor. No permitamos que la ciega ambición arrebate la sonrisa ajena: dejemos de poner las manos codiciosas sobre el tesoro público -ese sagrado pacto de bienestar que pertenece, por derecho de vida, a todas y todos-.
Apropiarnos de lo común desde el servicio público -como dolorosamente se ha arraigado desde hace décadas- no es un simple número perdido en la penumbra; es golpear el alma de la sociedad entera. Es detener la marcha institucional, es dejar calles destrozadas, mermar el santuario de la salud, apagar prematuramente vidas humanas, truncar el progreso y sembrar dolor en nuestra patria.
Quien se apropia del patrimonio ajeno arrebata la oportunidad de una vida mejor para todos. Despoja a la política de su esencia al corromperse en lo humano: roba la felicidad a hermanos de la vida. Pero, cuando el poder declina, termina convertido en un alma errante, escondiendo la vergüenza y la fortuna, prisionero de su propia sombra.
Miremos con valentía -y también con tristeza- el amargo legado que estamos heredando a nuestros niños y jóvenes: son tiempos de rectificar el rumbo para rescatar, con honestidad, lo más puro de nuestra condición humana.
No nos desgastemos culpándonos entre los de un color político y otro; antes de buscar la paja en el ojo ajeno, quitemos la enorme viga en el ojo propio, para reconocer el daño que a causa de nuestra ambición hemos sembrado en la casa común.
Por eso, antes de que la noche definitiva descienda y nos sorprenda sin tiempo para el arrepentimiento, ni tregua para el perdón, elijamos hacer el bien.