Expediente

Azahel Jaramillo H. 

              ¿Cómo están? Hoy a mis cinco lectores les  voy a contar lo que batallé para lograr inscribirme como estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Nuevo León.  

      Era el mes de septiembre de 1978. Vivía entonces en mi natal  Cd. Madero y justo unos meses antes había yo terminado mis estudios en la Preparatoria Madero, y traía la firme intención de estudiar Periodismo. Uno de mis profesores de la Prepa era también catedrático en la Facultad de Derecho UAT Tampico, y él empático, sabedor de mis habilidades en el Bachillerato de Ciencias Sociales un buen día en un receso de clases me dijo: «Oye, en caso de que quieras ingresar a la carrera de Abogado en la UAT, nomás me dices y yo te ayudo, yo te recomiendo». 

         Con todo y esa puerta abierta en Derecho UAT traía yo la intención de estudiar Periodismo. Y había opción de hacerlo en Monterrey. Tenía yo un hermano petrolero, Miguel, que había emigrado de la Refinería Madero a la Refinería de Cadereyta, Nuevo León. 

        Mi hermano vivía allá con su esposa María  con sus  entonces dos pequeños hijos Rosario y Rafael en Cadereyta. Yo ya conocía como llegar de Madero a su casa en Cadereyta. Así que un día me anuncié y les caí.

         En la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Nuevo León ya tenían como dos semanas de haber iniciado el semestre. Así que ya en Cadereyta, un día tempranito me traslado en autobús a Monterrey para intentar inscribirme como alumno en la carrera de Ciencias de la Comunicación que ahí se impartía, al igual que se impartía además la carrera de Licenciado en Criminología, y claro, la de Abogado. 

      Llegué a la Facultad de Leyes. Pido hablar con un  directivo . Y me recibe el  Subdirector. Le pido me inscriban como alumno.

      –«No  hay problema, vete a Rectoría y pide que te den una Carta de Aceptación, vienes conmigo y yo te inscribo», me dice el subdirector.

Y agrega…»Pero no batalles, aqui junto, en la Facultad de Filosofía y Letras, te aceptan sin broncas. Ahi hay mucho cupo».

           Entonces voy a las oficinas de Rectoría y ahí me dicen:  

      –«Aquí te inscribimos. Nomás consigue que ten den un Carta de Aceptación de la Facultad de Derecho y ya».   

      Sin ninguna Carta de Aceptación en mano  investigo.  Había en el turno matutino de primer semestre de Ciencias de la Comunicación cuatro grupos: A, B. C, y D. Como según yo los más inteligentes alumnos estaban en «Primero A», me meto a ese grupo de «Oyente», y empiezo a tomar clases, a hacer tareas y hacerle como si fuera yo un alumno mas.

       Me fuí a vivir a casa de mi hermano Miguel y mi cuñada María. Cada mañana salía como a las 5 y media de su casa en la Colonia Petrolera. Y en la plaza del centro de Cadereyta me subía a un autobús foráneo que me cobraba 12 pesos y me dejaba en la Central Camionera de Monterrey. Era una hora de trayecto Caldereta-Monterrey. Para que hagan un comporativo. En aquel entonces un autobús de la linea Transportes Tamaulipas cobraba 78 pesos de Victoria a Monterrey. Yo que todo colecciono tengo un boleto de esos.

      Ya en la Central Camionera de Monterrey caminaba  dos cuadras y tomaba un autobús urbano que me dejaba justo afuera del gigante estacionamiento del  Estadio de Futbol donde jugaba el equipo Tigres de la UANL. 

       Estaba yo, sin papeles y nada, de alumno «Oyente» en la UANL, en ese Grupo «A», como de 60 alumnos. Todos y todas más o menos de mi misma edad.

       Y sucedió que a las dos semanas de mi estadía de oyente , en una clase el catedrático Antonio Ibarra Giacoman, él algo pregunta. Yo levantó el brazo. Me da la palabra. Me pongo de pie y empiezo a hablar. Al terminar yo, me dice él… «Muy bien, ¿como te llamas?», con la aparente intención de ponerme un punto por mi participación en su clase. 

      Ante esto le respondo: «Mire profesor, yo no estoy en la lista. Yo soy «oyente». 

      —«Eso está prohibido por el reglamento de la Universidad. Mira , ahorita que termine la clase, hablas conmigo», me dijo el abogado Giacomán. 

      Al  terminar su clase y explicarle el asunto de la «Carta de Aceptación» decide ayudarme. Habla con el Subdirector y así logro, ya con la Carta esa, inscribirme como alumno de Ciencias de la Comunicación. De hecho cuando la UANL me dio con mi foto a color tomada por una camara de esa universidad , mi credencial de estudiante sentí una gran felicidad. Ya era alumno de Ciencias de Comunicacion!

       Entonces,  de Cadereyta me fui a vivir a Monterrey a una casa de asistencia en un segundo piso contraesquina justo de un gran hotel. Les debo el nombre.       

      Ya luego en platica fuera del salón de clases el abogado Giacoman me comenta  que   siendo joven había participado inicialmente –y luego ya no siguió–en la formación de la Liga Comunista 23 de Septiembre.

       No me lo dijo el maestro pero ya luego  indagué y me enteré que la referida Liga 23 participó en el intento de secuestro del empresario Eugenio Garza Sada, perpetrado en las proximidades de la Cervecería Cuauhtémoc. De hecho, recuerdo yo haber visto en los 80tas  en una calle aledaña, a esa empresa cervecera, en el piso de dicha calle, una placa metálica, de un metro por 60 centímetros que recuerdo decía: «En este lugar cayó mortalmente herido Don Eugenio Garza Sada, el día…». La intentona de secuestro ocurrió en el sexenio del Presidente Luis Echeverría. NOS VEMOS.                                               

   Azahel Jaramillo Hernandez