Crónicas del Descaro. 

Por José Gregorio Aguilar

Octubre 14, 2026

En la política tamaulipeca hay algo más poderoso que una encuesta, más decisivo que una campaña y más temido que una auditoría: el famoso llamado al confesionario.

Este miércoles, el secretario de Educación, Miguel Ángel Valdez García, sorprendió a propios y extraños al revelar que sigue tranquilo porque, hasta donde sabe, nadie lo ha llamado a confesar sus pecados políticos. Una noticia reconfortante para la feligresía gubernamental, que ya veía al maestro haciendo maletas rumbo a una candidatura.

Pero el funcionario no se quedó ahí. También aclaró que está listo para lo que venga y se definió a sí mismo como un «peón disponible». Una expresión de humildad política que seguramente hizo sonreír a más de un estratega electoral. Porque mientras en otros estados abundan quienes se sienten reyes, alfiles o caballos, en Tamaulipas hay servidores públicos que voluntariamente se registran en la categoría de pieza sacrificable.

Y es que la sinceridad tiene su mérito. Hay quienes pasan años jurando que no les interesa otro cargo, que están concentrados al cien por ciento en su responsabilidad actual y que jamás abandonarían al pueblo. Pero apenas escuchan el sonido de una candidatura y salen disparados más rápido que un estudiante cuando toca el timbre de salida.

Por eso resulta refrescante que alguien reconozca abiertamente cómo funciona el tablero. Según explicó el propio secretario, quien mueve las piezas es el gobernador. Traducción para mortales: aquí nadie se destapa solo, nadie se autodestina y nadie se manda por cuenta propia.

Mientras tanto, los observadores de la política siguen haciendo apuestas. Cada declaración se analiza como si fuera mensaje cifrado, cada gira se interpreta como señal divina y cada fotografía provoca teorías más elaboradas que una novela de suspenso.

Lo curioso es que todos dicen lo mismo. Si les preguntan si buscarán otro cargo, responden que no. Si les preguntan si aceptarían otro cargo, responden que sí. Y si les preguntan quién decide, responden que el gobernador.

Así que, por ahora, el peón sigue en su casilla. Esperando. Trabajando. Disponible. Y observando de reojo la puerta del confesionario. Porque en la política tamaulipeca las campanas no anuncian misa. Anuncian candidaturas. Y cuando finalmente suenan, hasta los peones descubren que en realidad llevaban meses ensayando para convertirse en pieza principal.