Palabras libres

Por Edgar Joel Yépez Ibarra

Si cerramos los ojos y volvemos la mirada a los primeros años, es posible recordar la atmósfera íntima de aquellos hogares donde la disciplina, la responsabilidad, la decencia y el respeto no se exigían; simplemente se respiraban.

A las aulas del jardín de niños llegábamos ya con el alma sembrada de buenos hábitos. En la primaria, los alumnos formábamos equipos para asear el salón cada día, y la escuela y la casa eran una misma extensión de cariño: era cotidiano ver a un padre o a una madre cruzar la puerta del salón de clases o de la dirección escolar para informarse sobre el avance de sus hijos.

Padres, abuelos y maestros conformaban un pacto sagrado e invisible. Todos asumían la hermosa responsabilidad de educar y formar buenos ciudadanos, muchas de las veces con el ejemplo, inculcando desde la cuna el respeto sagrado hacia el otro. El respeto hacia todos ellos de parte nuestra era de primera.

En aquellas décadas pasadas, la educación humanista nacía en el calor del hogar y encontraba su refugio y fortaleza en la escuela con la dedicación de los respetables maestras, maestros y director(a).

Hoy, tristemente, al romperse ese frágil hilo en casa, se le ha querido recargar toda la carga formativa a los docentes, una tarea titánica e imposible en solitario. La pérdida de aquel respeto esencial que antes habitaba en los hogares se ha trasladado al aula: hoy cada día crece la falta de respeto de madres, padres y alumnos hacía los docentes, poniendo no solo en crisis el corazón mismo de la enseñanza, sino también la integridad de la comunidad educativa.

Es urgente volver a la recuperación de lo humano comenzando en el hogar. Difícil más no imposible.