El Patinadero

Juan Antonio Montoya Báez

Hace algunas semanas, Isaac del Toro, el mejor ciclista que tiene México y quien ya se codea cómodamente en el top mundial al lado de monstruos como Tadej Pogačar, Remco Evenepoel, Paul Seixas y Jonas Vingegaard, participó en el Campeonato Mundial de Ciclismo de Ruta 2026.

Las expectativas eran altas: todo el país soñaba con ver, por primera vez en la historia, a un pedalista nacional vestido con el maillot arcoíris. Al final, cruzó la meta en la quinta posición, una hazaña sin precedentes que se convirtió de inmediato en la mejor actuación para un mexicano en toda la historia de este deporte.

Del Toro, junto al legendario regiomontano Raúl Alcalá —aquel que hizo lo inimaginable al alcanzar el octavo lugar general en el Tour de Francia y morder etapas de gloria—, son los dos mejores exponentes que ha parido esta tierra. En su momento, Alcalá dejó muy en claro una verdad incómoda: los logros de esta envergadura son producto exclusivo del esfuerzo familiar, el talento nato y el sudor propio, y no del apoyo de la raquítica Federación Mexicana de Ciclismo.

En la competencia de ruta de Montreal, Isaac tuvo que pedalear contra el mundo, parecía que la consigna internacional era clara: que ganara cualquiera, menos el mexicano. Aunque sus coequiperos trataron de cobijarlo al principio, el abismo de nivel era evidente.

El equipo nacional solo aguantó el ritmo en los dos primeros tramos; al final, los watts de potencia no les alcanzaron y ninguno pudo terminar la extenuante prueba de 273 kilómetros.

Lejos de engancharse o hacer berrinche, «El Torito» mostró madurez y agradeció el esfuerzo de su escuadra. El ensenadense fue atacado desde todos los frentes por la élite europea, teniendo que salir a clausurar las fugas completamente solo. «No quería que la medalla de oro se me escapara», confesó emocionado. Sin embargo, la fatiga y la soledad en el asfalto terminaron por pasarle factura. «Al final, me resultó muy difícil seguir adelante y terminé quinto. Por desgracia queda una sensación agridulce, pero tenemos que seguir luchando».

Cualquier parecido de esta crónica deportiva con la realidad política de Tamaulipas es mera coincidencia.

Este jueves 1 de octubre, al cumplirse exactamente cuatro años de haber rendido protesta, el gobernador Américo Villarreal Anaya encabezó el encuentro de rendición de cuentas denominado «Cuatro años transformando Tamaulipas» en el Centro Cultural de la capital.

La administración estrenó un formato que pretendía ser más ameno y digerible para atrapar el interés de los ciudadanos; decidieron desaparecer las aburridas lecturas de pergaminos repletos de números y le cedieron el protagonismo a los videos institucionales para respaldar los logros americanistas.

Américo, en un ejercicio «desprendido y sin egoísmos», decidió compartir el escenario y le otorgó la palabra a cada uno de los integrantes de su gabinete para que expusieran los avances de sus respectivas parcelas.

El evento buscó ser sencillo, menos faraónico y acartonado que las viejas ceremonias del PRI o del PAN, y hay que admitir que lo consiguió. El gran pecado, sin embargo, estuvo en la duración. Se exageró demasiado en los tiempos.

Faltó que alguien le pusiera un límite a las intervenciones de varios funcionarios que francamente no venían ni al caso; otros, peor aún, prefirieron refugiarse en un tono cantinflesco, repetitivo y aburrido, donde los nervios, la inseguridad y el tartamudeo terminaron por traicionarlos.

Esos secretarios de plano no pudieron mantener un ritmo coherente. Su retórica fue tan plana que desató una epidemia de somnolencia en las butacas del Teatro Amalia G. de Castillo Ledón. A más de tres invitados les ganó el aburrimiento, por lo que no tuvieron más remedio que refugiarse en las pantallas de sus celulares para escapar de las garras de Morfeo.

Lo rescatable de la jornada fue el mensaje central del gobernador Villarreal Anaya, quien enfatizó la esencia de su administración: «En nuestro gobierno humanista no creemos en el aislamiento, la confrontación estéril ni en el uso partidista de las necesidades de la gente».

Reconoció con sensatez que «no todo está resuelto, pero hay claridad, rumbo y vamos por más resultados». Entre las promesas que soltó para el último tercio del sexenio figuran la renovación de las unidades de transporte público, la recuperación ecológica de la Laguna La Escondida en Reynosa y el Museo de la Tortuga Lora en La Pesca.

En primera fila y pasando lista de presentes se dejaron ver los alcaldes clave: Carmen Lilia Canturosas Villarreal de Nuevo Laredo, el victorense Eduardo Gattás Báez, el reynosense Carlos Peña Ortiz y el matamorense Alberto «Beto» Granados Fávila.

Américo demostró ser un hombre agradecido y no escatimó elogios para la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, destacando el respaldo de la federación en megaobras como el corredor carretero, las vías ferroviarias de pasajeros, la ampliación de los cruces internacionales y los distritos de riego.

Al nuevo formato dinámico del informe no hay nada que reprocharle, pero a los secretarios del gabinete sí, y mucho. Varios discursos sonaron vacíos, huecos y tan falsos como las lágrimas de un cocodrilo. Es alarmante la desconexión que arrastran con los ciudadanos; pretendían apantallar a la galería presumiendo indicadores económicos, pero sus frías cifras simplemente no conectan con la realidad de las calles.

Ayer quedó demostrado que el gobernador Américo Villarreal tiene que cargar, de nueva cuenta, con todo el peso del pelotón encima, exactamente igual a lo que le pasó a Isaac del Toro en el Mundial de Canadá.

La triste realidad de Tamaulipas es que la mitad de su gabinete estatal no pedalea ni a la mitad de su ritmo; se quedaron muy por debajo de la capacidad y la marcha de su líder. Sus watts de potencia son pobrísimos: no sirven para escalar la montaña, les da miedo bajar en las curvas, en el terreno plano no saben cómo cortar el viento para proteger al jefe y, de plano, desconocen por completo cómo hacer un sprint en el cierre de la competencia.

Mientras las estructuras flaquean, el gobernador sigue adelante. Como el ciclista de Ensenada, Américo tiene que seguir jalando la bicicleta, clausurando las fugas de los inconformes y apagando los fuegos políticos en medio de la vorágine anticipada que ya arrastra el proceso del 27, y ni se diga el del 28.

Bueno, por hoy es todo.
El patinazo… miren que quedarse sin piernas a mitad de la subida presupuestal puede costar la carrera completa.

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