CONFIDENCIAL
ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA
La frase puede incomodar y hasta provocar enojo, pero eso no la hace menos cierta: las mujeres también pegan. También insultan, humillan, amenazan y, en algunos casos, utilizan a los hijos para lastimar a sus parejas. Hablar de ello no es machismo. Es hablar de una realidad que durante demasiado tiempo hemos preferido ignorar.
La senadora tamaulipeca, Maki Ortiz Domínguez, puso recientemente el tema sobre la mesa al plantear la necesidad de revisar si las leyes y mecanismos existentes atienden suficientemente a los hombres víctimas de violencia familiar. Hizo bien. Hay asuntos que alguien tiene que atreverse a tocar aunque no sean políticamente cómodos.
Durante aquella conversación con periodistas, la semana pasada en Reynosa, ocurrió algo que quizá dijo más que cualquier estadística. Uno de los reporteros presentes reconoció que él mismo había padecido violencia de pareja.
“A mi me pasó. Yo fue víctima”, confesó ahí, casi espontáneamente, el comunicador. ¿Cuántos más habrá que jamás lo han contado?
Porque ese es precisamente el problema. Al hombre se le educó durante generaciones para aguantar. “Los hombres no lloran”, nos dijeron desde niños. Si una mujer le pega, debe soportarlo; si lo humilla, callarse; si denuncia, corre el riesgo de convertirse en motivo de burla. Y muchos terminan tragándose el dolor en silencio.
Por supuesto que la violencia contra las mujeres representa un problema enorme y doloroso. Nadie con dos dedos de frente podría negarlo. Miles han sido asesinadas, golpeadas o sometidas durante años. Las leyes creadas para protegerlas tienen razón de existir y deben fortalecerse siempre que sea necesario.
Pero reconocer esa realidad no obliga a cerrar los ojos ante la otra. Defender a una mujer violentada y defender a un hombre violentado no son causas enemigas. La justicia no tendría por qué escoger entre unos y otras. El golpe duele igual venga de la mano que venga.
Hay hombres que llegan a casa con miedo. Hombres sometidos a insultos permanentes, amenazas, chantajes económicos o agresiones físicas. Otros son alejados de sus hijos como mecanismo de castigo después de una separación. Existen. Son de carne y hueso. El problema es que casi nadie los escucha.
Y cuidado. Tampoco se trata de convertir ahora a todos los hombres en víctimas ni a todas las mujeres en victimarias. Sería caer justamente en el mismo absurdo que estamos cuestionando. En una relación puede existir violencia de cualquiera de las partes y cada caso merece analizarse por sus hechos, no por el sexo de quienes participan.
La ley debería ser así de sencilla. Quien agrede responde y quien es agredido recibe protección. Hombre o mujer. Porque cuando la justicia comienza por averiguar el género de la víctima antes que la gravedad de la agresión, algo no está funcionando como debería.
Maki Ortiz ha abierto una puerta que vale la pena mantener abierta. Que se revise la legislación, que se escuche a especialistas, que se conozcan las estadísticas y, sobre todo, que se escuche a los hombres que han vivido esa experiencia. Quizá entonces descubramos que son muchos más de los que imaginamos.
Será difícil romper el silencio mientras socialmente siga causando risa imaginar a un hombre denunciando que su pareja le pega. Ahí está buena parte del problema. Nos hemos acostumbrado tanto al estereotipo del hombre agresor que todavía nos cuesta aceptar que también puede ocupar el otro lado de la historia.
No se trata de quitar derechos a las mujeres para entregárselos a los hombres. Se trata de que nadie quede indefenso frente a la violencia. Ni ellas ni ellos. Porque para impartir justicia debería bastar una sola condición: ser víctima. Lo demás sale sobrando.
EL RESTO.
Como era de esperarse, la mayoría de los diputados locales de Morena comenzaron a destapar sus aspiraciones para participar en la elección del 2027.
O quieren ser alcaldes o diputados federales, pero todos quieren seguir dentro del presupuesto.
El problema es que, una cosa es querer y otra que los dejen. Las decisiones se toman en palacio de Gobierno.
Veremos y diremos.
ASÍ ANDAN LAS COSAS.