Palabras libres
Por Edgar Joel Yépez Ibarra
Al mirar hacia el pasado y recordar las décadas que van de los cincuenta a los ochenta, nos envuelve la memoria de una época donde el respeto mutuo y la decencia eran el cimiento de la vida comunitaria. Si un alumno recibía un llamado de atención en el aula, la familia no dudaba en respaldar al maestro; padres, madres y docentes tejían una red sólida para formar ciudadanos con valores firmes.
Hoy en día, las dinámicas familiares han cambiado profundamente. La necesidad económica obliga muchas veces a que ambos padres trabajen, reduciendo el tiempo de convivencia y la supervisión directa en el hogar. Sin embargo, esta falta de atención se refleja dolorosamente en las aulas. Con frecuencia, en lugar de aconsejar y guiar a los hijos, se justifica su mala conducta y se confronta al docente, dejándolos solos y temerosos de actuar por miedo a represalias o denuncias. Ante esta vulnerabilidad, los docentes optan por el silencio y la indiferencia.
Es urgente comprender que la escuela no sustituye al hogar; es en la familia donde se cultivan desde los primeros años la disciplina, la honestidad y el respeto elemental, mientras que en las aulas esos principios simplemente se reafirman y se conviven.
Recuperemos esa alianza entrañable entre padres y maestros. La educación es un puente sagrado para abrir las puertas del futuro a la niñez, no un espacio para tolerar la indiferencia o descuidar el bienestar y el aprendizaje de los demás. Volvamos a abrazar el valor de la guía en casa, a llenar el alma de las niñas, niños, adolescentes y jóvenes de cosas buenas –disciplina, decencia, respeto-, porque la verdadera transformación de la sociedad siempre nace en el calor del hogar.