El Patinadero
Juan Antonio Montoya Báez
El destino tiene formas muy irónicas de desnudarnos la realidad. A la primera tempestad, las traiciones quedan al descubierto y las ratas corren a esconderse. Las hay de todos los rostros y pelajes, pero algunas resultan infinitamente más dañinas que otras por el nivel de podredumbre y las infecciones políticas que portan y contagian.
El pasado jueves —en una madrugada que para el ciudadano común es el inicio de la jornada, pero para la burocracia parece un horario intempestivo— apenas daban las cinco de la mañana cuando se reportó un apagón generalizado en el Palacio de Gobierno.
La alerta despertó de golpe a la flamante secretaria de Administración, Luisa Eugenia Manatou. Uno de sus colaboradores de confianza, buscando ganarse una estrellita en la frente y sin temor a un regaño, le soltó la bomba telefónica:
—Jefa, no hay luz en el Palacio de Gobierno.
Amodorrada, desvelada y de un humor de perros, la funcionaria no estaba para cortesías. Con la urgencia que da el pánico a quedar mal, ordenó solucionar el problema de inmediato. La instrucción fue tajante: que quede listo ya y no escatimen en gastos —al fin y al cabo, el dinero no sale de sus bolsillos—.
Fue así como buscaron el auxilio de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), esa paraestatal donde ya conocemos el paquidérmico ritmo con el que operan. No importa la urgencia ni quién llame, la burocracia de la CFE simplemente ignora al usuario cuando más se le necesita. De mala gana, respondieron que un equipo iría “en la mañana”, pues su agenda estaba llena y el Palacio tendría que hacer fila.
El verdadero pánico en el gabinete no era la falta de luz, sino que “en la mañana” el gobernador Américo Villarreal Anaya encabezaría una reunión clave en el recinto.
Ante la urgencia, el personal de la CFE se limitó a dar un consejo informal a los empleados de mantenimiento del Palacio: “vayan y chequen la subestación en la azotea”.
Al revisar la zona, llegó la gran sorpresa. El colapso del sistema eléctrico no se debió a una falla técnica de alta ingeniería, sino a una enorme rata que logró colarse hasta la zona restringida de la subestación. Una vez retirado el cadáver del roedor, y tras la milagrosa llegada de las cuadrillas de la CFE cerca de las 7:30 de la mañana, se reconectaron las cuchillas y, por fin, se hizo la luz.
Sin embargo, lo verdaderamente grave es lo que el animalito dejó al descubierto: un sofisticado y descarado entramado de corrupción en las entrañas de la administración estatal. Lo que pudo ser una anécdota cómica terminó por desnudar un negocio turbio.
El informe técnico arrojó datos que evidencian una transa más en la opaca Dirección de Compras, operada por Porfirio González y su adjunto, Juan Diego Guadalupe. Resulta que apenas dos semanas atrás, este par de funcionarios le había autorizado a Alejandro Salinas un jugosísimo y millonario contrato por concepto de fumigación. Un servicio que, de haberse aplicado con un mínimo de honestidad y eficacia, habría evitado que cualquier roedor se paseara como Pedro por su casa en el Palacio de Gobierno.
Al final, la reunión de gabinete se celebró de forma rutinaria, pero el escándalo ya estaba servido. El tal Alejandro Salinas es el mismo proveedor consentido que tiene el contrato de fumigación en la Torre Bicentenario, un edificio público del que ya llueven denuncias por plagas de ratas y todo tipo de bichos. Pagamos millones por limpiar y las oficinas siguen infestadas.
Lo cierto es que las ratas le han hecho un daño histórico e irreversible a la estructura gubernamental de Tamaulipas. Pero no nos equivoquemos: el peligro no está en los animales de cuatro patas, sino en aquellas alimañas a las que con tanta vigencia cantaba Paquita la del Barrio: las ratas de dos patas.
Esas plagas políticas que llegan, saquean, se van y vuelven a llegar. Cambian de partido, pero nunca de mañas. Soportan cualquier fumigación presupuestal. Ya vimos a las ratas azules que se esfumaron con más de 7 mil millones de pesos en el sexenio pasado sin que nadie rinda cuentas. Y ahora, vemos a las ratas pintadas de guinda que, tras saquear el presupuesto estatal a manos llenas, apenas acaban de ser despedidas de forma tibia. Las estimaciones de lo que se llevaron son escandalosas. Mientras tanto, otros tantos se dedican a exprimir los bolsillos de empresarios y ciudadanos incautos vendiéndoles plazas falsas.
La supuesta fumigación de la actual administración se quedó a medias. Las ratas de dos patas siguen despachando cómodamente en las oficinas públicas. Hoy visten camisas guindas, mañana usan marcas exclusivas como Maja.
La mentira, la traición y el robo siguen siendo los verdaderos mandamientos de quienes habitan el Palacio.
Bueno, por hoy es todo.
Adiós y aguas con los patinazos…
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