Rutinas y quimeras
Clara García Sáenz
Conocí la Huasteca potosina en los años 80, cuando era alumna del bachillerato y
asistíamos a un sinfín de competencias que el Colegio de Bachilleres realizaba en los
planteles que tenía en esa zona del estado de San Luis Potosí. Entonces, con mi
mirada adolescente, me sorprendí ante sus cerros altísimos y cultivados con siembra
de maíz o de naranja, su espesa vegetación, sus mujeres ataviadas con sus petop,
quechquémetl y chincuete, esperando el transporte a orillas de la carretera federal.
Desde entonces ese paisaje me hechizó.
Ya en los años 90 regresé en varias ocasiones; pude bañarme en las pozas de
Xilitla, recorrer libremente el Jardín de Edward James, perderme en su laberíntico
paraíso y caminar tranquilamente por las calles de cualquiera de los pueblos de esa
huasteca, llena de ruidos silvestres y de pueblos silenciosos donde la algarabía invade
las plazas el domingo, con el tianguis donde todos los productos que esta pródiga tierra
da, se venden con sencillez.
Desde que me casé, cualquier pretexto o fin de semana servía para que
Ambrocio y yo nos diéramos una vuelta por la Huasteca e ir hasta San Martín
Chalchicuautla para comer enchiladas hasta hartarnos. Siempre me pareció un lugar
misterioso, detenido en el tiempo, donde uno salta a una dimensión desconocida y
puede sentirse en el México profundo.
Recuerdo que el aviso de cierre por la pandemia nos sorprendió mientras
estábamos de puente en Xilitla. Aún nos quedaba por recorrer algunos pueblos cuando
nos enteramos de que todo iba a cerrar. Regresamos a casa antes de tiempo, pero en
aquella ocasión ya estaba conmocionada al ver tantos turistas en el pueblo y en el
jardín, un comercio desmedido de artesanías en el centro el sábado por la tarde, donde
los vendedores se quejaban de que no los dejaban ponerse el domingo porque había
mercado de víveres. Molestos, comentaban que sería mejor que quitaran el tianguis del
domingo para que ellos pudieran extender sus ventas.
Sorprendida de cómo el turismo estaba ganando terreno en el lugar, volví a casa
con un amargo sabor de boca: “Nos están robando el paraíso”, pensé en aquella
ocasión al ver tanta gente proveniente del centro del país.
No había vuelto a la Huasteca desde entonces hasta este verano; nos
sorprendió una maravillosa autopista que agiliza el tráfico. Decidimos hospedarnos en
Matlapa porque, al ser domingo, era imposible entrar a Xilitla. Así que nos fuimos a
recorrer el tianguis en la plaza principal, comimos zacahuil y les propuse a mis
compañeros de viaje ir a Axtla para hacer tiempo y esperar a que se despejara un poco
la afluencia de turistas en Xilitla.
Así lo hicimos y, cerca de las dos de la tarde, llegamos al Jardín de Edward
James. Ahí nos asaltaron con 70 pesos por estacionar la camioneta y luego con 200
pesos por persona para recorrer el lugar. Entramos con un grupo de 30 turistas y un
guía que se la pasaba diciendo que un niño le había dicho, que un niño le había
preguntado, que un niño le había… etc. El recorrido se hizo pesado por el guía, pero
también por lo difícil que es mover a 30 personas en el laberíntico y estrecho lugar.
Malhumorada salí del jardín, cuando en otras ocasiones la sensación era de
libertad y alegría, y nos dirigimos al pueblo, para entonces ya se estaban retirando los
puestos del tianguis, entramos a un restaurante que frecuentamos vamos allá, ahí
espete mi reflexión “la huasteca potosina se está gentrificando y en Xilitla los
pobladores originarios han sufrido históricamente invasiones, primero le pagaban
tributo a los mexicas, luego llega la conquista y los frailes fundan un conventos, las
tierras se las apropian los hacendados durante la colonia, en el siglo XX llega un inglés
y se vuelve leyenda, y para rematar, alguien tuvo la brillante idea de hacerle un mueso
a Leonora Carrington y me pregunto ¿Dónde quedaron los indígenas? Pues,
históricamente empobrecidos, borrados de la historia e invisibilizados hasta el día de
hoy, en el que el turismo les invade sus calles y sus caminos, y todo gira en torno a
Edward James”.
Todos en la mesa guardaron silencio; entonces finalicé para cambiar el ánimo: “y
nosotros formamos parte de ese turismo invasivo”. Con una risa sellé la tristeza que
sentía en el corazón.
Al día siguiente, pasamos por Tancanhuitz para almorzar y visitar la iglesia de
San Miguel Arcángel, que estaba cerrada. Después, nos fuimos a Valles, visitamos el
mercado y la iglesia antiquísima de Santiago Apóstol. Ya de regreso, pasamos por el
Antiguo Morelos para comprar la mejor cecina que se produce en Tamaulipas.
Ahora tengo la sensación de que esa Huasteca que conocí en mi adolescencia,
misteriosa y profunda, cada día se va desvaneciendo y el turismo masivo la empieza a
asfixiar, pero, sin duda, la región sigue teniendo ese hechizo que provoca una atracción
permanente por volver a ella. E-mail: [email protected]