CRÓNICAS DEL DESCARO:
Por José Gregorio Aguilar
Agosto 14, 2026
La presidenta Claudia Sheinbaum negó que exista una “lista negra” de periodistas y medios. Según su versión, lo que vimos en la mañanera fue un análisis de redes de amplificación digital, un mapa de cómo operan campañas en contra del gobierno. Y añadió que se trata de ejercer el derecho de réplica.
El detalle es que ese derecho ya existe en la legislación mexicana. Cualquier político, servidor público o gobernante que se sienta calumniado o difamado puede y debe usarlo. No hace falta inventar listas ni exhibir nombres en conferencias. El derecho de réplica está ahí, esperando ser usado.
Pero lo que vimos no fue réplica, fue estigmatización. Porque una cosa es responder con argumentos y otra muy distinta es señalar con el dedo. La réplica es un recurso legal; la lista es un recurso político.
Es como tener un extintor y usar abanico: la herramienta legal está ahí, pero se opta por el espectáculo.
El trasfondo político
No es la primera vez que este gobierno propone mecanismos que, bajo el discurso de “proteger derechos”, terminan abriendo la puerta al control. Ahí están los lineamientos de derechos de audiencias, que en teoría buscan garantizar información veraz, pero que en la práctica pueden convertirse en filtros discrecionales sobre qué se transmite y cómo se transmite.
Sumemos las narrativas contra “medios fifís” y “prensa vendida”, los intentos de regular plataformas digitales y la insistencia en señalar a periodistas como adversarios. Todo forma parte de un mismo patrón: disfrazar la censura de regulación.
El problema no es que se hable de réplica o de audiencias, sino que se use ese discurso para legitimar listas, mapas y señalamientos. Porque si de verdad se tratara de réplica, bastaría con usar la ley.
El pasado y el presente
Antes, la censura era disfrazada: llamadas incómodas, presiones veladas, contratos publicitarios retirados. Hoy, el descaro es público: se hace lista, se presume lista, se comparte lista. Como si el enemigo fuera la crítica y no la corrupción.
El presente presume modernización, análisis digital, transparencia. Pero el trasfondo es intimidación. Porque la libertad de expresión no se administra con Excel.
La réplica no necesita listas. La réplica necesita argumentos. Y si el Ejecutivo quiere responder a críticas, que lo haga en tribunales o en medios, no en pizarras con nombres. Porque estar en la lista negra, paradójicamente, se ha convertido en el nuevo certificado de autenticidad periodística.