ANECDOTARIO.
POR JAVIER ROSALES ORTIZ.
Nadie me lo platica, lo viví, pero luego de varias décadas que separan a los
dos acontecimientos hoy me sorprende, me lastima y me hace sollozar ver
a cuadro a un periodista en una transmisión televisiva en vivo que se
desplomo y lloro, porque aparte de comunicador es un buen ser humano
que le gana el sentimiento y lo vence el dolor.
Su nombre, Victor Tabares, me dice poco, no obstante de que es el
corresponsal de Milenio en Colombia, un joven que no pudo ocultar su
preocupación, su pesar , su pena para narrar todo lo que sucedía a su
espalda, una cruel realidad que dejo el terremoto que sufrió el bello país
sudamericano.
Hasta el locutor que conducía el noticiero se perturbo y con sabias palabras
hizo que el corresponsal recuperara el aliento y la fortaleza y le aclaró a
Victor Tabares que no tenía por qué pedir perdón al auditorio por haber
fallado en su reporte sobre el terremoto, porque todos los que lo vieron a
cuadro, están con él.
Y cómo no le va a doler si se contabilizo en cientos el número de
fallecimientos hasta el momento provocados por el desplome de edificios,
restaurantes , iglesias y también una universidad colombiana y el rescate de
cuerpos, que es lo más doloroso.
Todo eso sigue siendo parte de la información al día, pero al verlo me
regreso y recordar lo que sucedió en 1985 con el terremoto que sacudió al
Distrito Federal y que me toco de lleno junto con mi familia, la que
afortunadamente no sufrió decesos.
Recuerdo y, bien, que pasaba de las 7 de la mañana cuando vestía a mi hijo
Said para llevarlo al Jardín de Niños y me llamo la atención que nuestra
mascota, un enorme ganso pluma blanca, corría de lado a lado en la
cochera. Salí al patio y se escondió en su casa como para evitar una especie
de ronquido fuerte y el ruido del choque de las ramas de los árboles.

Florentino, como se llamaba nuestro ganso, nos estaba avisando que algo
iba a suceder. Minutos después se sintió el fuerte movimiento y los gritos
de los vecinos, lo que me obligo a cargar a mi hijo y salir corriendo hacia la
cochera, donde un fuerte jalón me regreso y me tiro de espaldas.
Logre llegar a la calle donde docenas de personas pasaban corriendo
mientras que los postes y los alambres de la luz tronaban a todo lo que da.
Mi esposa Blanca no estaba con nosotros porque se fue a su escuela a dar
clases en momentos en que se escuchaban gritos por el choque de autos en
la calzada Misterios, porque el suelo se movía y provocaba el impacto entre
los vehículos. Ella apareció después y estaba bien.
A unas horas del terremoto intente llegar a mi trabajo en la Agencia
Notimex y por rigor tenía que pasar por la Unidad Tlatelolco, donde los
edificios se desplomaron y los cuerpos destrozados que vi colgados en las
ventanas para tratar de escapar, no tienen nombre.
Y en centro del DF, restaurantes y edificios públicos corrieron con la peor
parte, porque los derrumbes fueron absolutos.
Me acerque al área restringida en Tlatelolco y me ofrecí de voluntario. Me
inyectaron antitetánicos y junto con muchos más nos trasladaron a Satélite,
un lugar que no sufrió los estragos del terremoto. Eso, para mí y para otros,
significó que lo que las autoridades buscaban era que los ciudadanos no se
dieran cuenta de la magnitud de los daños.
Otro cuete y yo decidimos separarnos del grupo y abordamos un transporte
con rumbo a Insurgentes, donde alguien nos platicó que estaban
concentrando los cuerpos de los fallecidos en un estadio de futbol y, fue
cierto, porque desde lo alto vimos que por cientos o miles estaban
acomodados en el pasto, cubiertos con una sábana blanca con manchas
rojas.
Mucho vi, pero aquí me detengo, porque no estoy de acuerdo con la cifra
que se manejó de que fueron más de 3 mil, cuando parte del DF parecía una
zona de guerra.

Esto lo escribo porque en el DF es común que se registren temblores, pero
en Colombia no, por eso los tomó por sorpresa y las autoridades no saben
aún cómo reaccionar.
En dos municipios del centro de Tamaulipas se han registrado movimientos
de tierra menores y esto no sucedía y estoy seguro que Protección Civil
estatal, la presidencia municipal de Ciudad Victoria que preside Eduardo
Gattas Báez y hasta la UAT, que comanda Don Dámaso Anaya Alvarado,
están coordinados y preparados para una contingencia similar.
Imágenes de Colombia dan cuenta de cómo se desgajaba una universidad
cuando los estudiantes huían corriendo para salvar su vida.
Eso, es prioritario, porque la naturaleza buena y mala.
Poco, avisa.
Correo electrónico: tecnico.lobo1@gmail,.com