CRÓNICAS DEL DESCARO.

Por: José Gregorio Aguilar

Durante décadas, consultar un expediente judicial era un viacrucis. Una persona llegaba al edificio con todo el derecho de informarse y lo primero que encontraba eran trabas: ventanillas cerradas, funcionarios que pedían requisitos absurdos, pasillos más oscuros que la transparencia misma. El ciudadano salía con más dudas que certezas. El 85% de la gente desconocía el estado de su proceso, dice la estadística actual.

Ese pasado no se borra: abogados que alargaban juicios aprovechando la opacidad, ciudadanos que se resignaban a esperar meses o años sin saber nada. La justicia era un club privado, con acceso restringido y reglas invisibles. Entrar al Poder Judicial era más difícil que entrar al paraíso, y consultar un expediente era más complicado que pedirle a Hacienda que te sonría.

Hoy, en 2026, se presume la digitalización. Una herramienta que puede acrecentar la confianza ciudadana porque permite familiarizarse con el sistema, consultar expedientes sin que sea un viacrucis, y frenar abusos de abogados que antes jugaban con la ignorancia de sus clientes.

La diferencia es clara: antes, el ciudadano debía recorrer pasillos interminables, pedir favores, esperar horas en ventanillas. Ahora, con un clic, puede acceder a información que durante décadas fue tratada como secreto de Estado. Antes, la justicia era un elevador atascado, más apretado que las bubis de Paty Navidad en horario estelar; ahora promete ser una aplicación en tu celular.

Pero la pregunta sigue siendo si esta modernización será real o si quedará en la foto del boletín. Porque la tecnología puede abrir ventanas, pero si la voluntad sigue cerrando puertas, lo digital será sólo maquillaje.

La justicia no se mide en apps ni en pantallas. Se mide en transparencia, en acceso, en ciudadanos que saben qué pasa con su proceso. Y esa deuda, aunque hoy se presuma corregida,  se pagó un poco tarde.

El pasado que no se olvida

En los años noventa y dos mil, entrar al Poder Judicial era como entrar a un museo sin boleto: los guardias te miraban como intruso y los expedientes eran vitrinas cerradas. El ciudadano tenía derecho, pero la institución tenía candados. Esa opacidad permitió abusos, retrasos, manipulaciones. El expediente era un misterio, y el proceso, un laberinto.

El presente que se presume

Hoy se habla de confianza, de familiarizarse con el sistema, de que la gente pueda consultar sus procesos sin complicaciones. Se presume que la digitalización frenará abusos, que los abogados ya no podrán alargar juicios con la excusa de “no hay acceso”. Se presume que la justicia será más cercana.

Pero la ironía es inevitable: lo que hoy se presume como logro es apenas la corrección de un descaro histórico. Décadas de puertas cerradas, de ciudadanos que no sabían si su juicio estaba en trámite o en el limbo.

El futuro que se exige

La digitalización debe ser más que un boletín. Debe ser un cambio real. Porque si no, la justicia seguirá siendo un club privado disfrazado de aplicación.