Crónica del Descaro:
Por José Gregorio Aguilar
Agosto 05, 2026
El gobierno federal acaba de inventar la transparencia de utilería: esa que se presume en discursos, se firma en decretos y se anuncia en conferencias, pero que nunca se ve en la práctica. La presidenta asegura que ahora las instituciones publicarán “más información de la que exige la ley”. Y uno no sabe si reír o llorar: ¿cómo van a publicar más si ni siquiera cumplen con lo mínimo?
Porque ahí están las páginas oficiales de partidos políticos, vacías como un teatro sin actores. Ahí están los portales municipales, donde deberían estar los sueldos, contratos y organigramas, pero lo único que aparece es el eco del clic del ciudadano que busca y no encuentra. Es la transparencia del vacío, la transparencia de la nada.
El discurso oficial presume que se limitarán las reservas de información y que los contratos se subirán cada mes. Pero en la práctica, los expedientes siguen escondidos bajo la alfombra, los enlaces rotos y los PDFs fantasmas. Es como anunciar que se servirá postre gourmet en un restaurante donde nunca llega el plato principal.
La ironía es brutal: mientras se habla de “máxima publicidad”, lo único que se maximiza es la opacidad. Mientras se promete “publicar más”, lo único que se publica es la narrativa oficial. Y mientras se presume transparencia, lo único transparente es el bolsillo del ciudadano, que se vacía cada quincena para pagar sueldos a quienes no hacen su trabajo.
No es exageración: hace semanas revisamos las páginas de partidos políticos y estaban vacías en cuanto a sueldos, contratos y obligaciones mínimas de transparencia. El año pasado revisamos portales de gobiernos municipales y la historia fue la misma: incumplimiento total. ¿Qué confianza puede tener el ciudadano en un decreto que promete “más” cuando ni siquiera hay “lo básico”?
La transparencia en México se ha convertido en un unicornio: todos hablan de ella, nadie la ha visto. Los legisladores y gobernantes presumen que la información estará disponible, pero el ciudadano común se topa con páginas desiertas, con pestañas que no llevan a ningún lado, con informes que nunca se suben. Es la transparencia de la apariencia, la transparencia de la simulación.
Y aquí está lo más descarado: el decreto se vende como un avance histórico, cuando en realidad es un maquillaje político. Se presume que habrá más datos, más contratos, más informes, pero la realidad es que las instituciones ni siquiera cumplen con lo que ya está en la ley. Es como presumir que se va a correr un maratón cuando no se puede ni caminar una cuadra.
Por eso, querido lector, la invitación es sencilla y directa: entre usted mismo a esas páginas de partidos, municipios e instituciones obligadas a transparentar. Revise, busque, intente encontrar lo que por ley debería estar ahí. Y verá que la transparencia oficial es puro teatro: un telón que se abre para mostrar un escenario vacío.
La transparencia en México es como el teatro del absurdo: los actores prometen mostrarlo todo, pero cuando el telón se levanta, el escenario está vacío. El único dato transparente es el sueldo que les pagamos por no hacer su trabajo.
Aplausos para la transparencia invisible