El Patinadero
Juan Antonio Montoya Báez

Desde su adolescencia en Tampico, Rodolfo González Valderrama ya era sumamente movido y soñaba con el poder. En aquellos ayeres vecinales, convivió con personajes que terminaron volando alto en la fauna política nacional.

Una de sus vecinas de barrio era Mercedes del Carmen Guillén Vicente, la muchacha guapa de la que muchos se enamoraban, aunque todos sabían que «Paloma» apuntaba hacia las nubes. Curiosamente, Rodolfo terminó siendo más cercano a su hermano, Rafael Sebastián Guillén Vicente, el mismo que después se haría mundialmente famoso bajo el pasamontañas del «Subcomandante Marcos».

En ese entonces, Rodolfo militaba en el PRI, donde se graduó como uno de los alumnos más avanzados de Eduardo García Puebla en la Coordinación de Comunicación Social del Comité Ejecutivo Nacional tricolor.

Años después, como dictan los manuales del pragmatismo moderno, dio el salto a Morena, donde fincó relaciones del más alto nivel. Se convirtió en un hombre de absoluta confianza del expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien en su momento le entregó la Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC).

También le tocó administrar la alcaldía Cuauhtémoc en la Ciudad de México, una de las demarcaciones más codiciadas del país, con un presupuesto que supera al de varios estados de la república. Es decir, González Valderrama sabe manejar dinero, y en grandes cantidades, con la enorme virtud de no mancharse las manos más de la cuenta. Hoy despacha como jefe de prensa en la Cámara de Diputados, allá en el Congreso de la Unión.

Ya en una ocasión fue coordinador de las delegaciones federales en Tamaulipas, cuando buscó la candidatura al Gobierno del Estado impulsado por grupos locales y por el entonces alcalde de Matamoros, Mario “La Borrega” López. AMLO lo mandó con esa representación para medirle el agua a los camotes rumbo a una gubernatura que finalmente recayó en Américo Villarreal Anaya. Tras la designación, Rodolfo recibió la propuesta presidencial de quedarse en la plaza, pero prefirió ahuyentar los celos del equipo ganador y cedió el espacio.

El «hubiera» siempre existe y juega con los destinos: si se hubiera quedado, tal vez hoy sería senador de la república, pero en los caminos pedregosos de la política, las candidaturas son como una tapa de huevos en la cajuela de un auto viejo; algunos terminan estrellados y rotos, mientras que otros llegan intactos a su destino.

Tras la vergonzosa salida de un personaje tan gris e incapaz como Luis Lauro Reyes Rodríguez de la Delegación Federal de Bienestar, a Rodolfo se le abre de nueva cuenta la oportunidad de regresar a Tamaulipas con la misma vieja intención: la gubernatura.

Por supuesto, su posible retorno ya desató los típicos resquemores y las vísceras en la aldea local, parece que en el plano estatal no terminan de entender que les conviene pactar con quien sea que envíen desde el centro del país.

Pelearse con los aspirantes es un pésimo negocio cuando, en unos meses, tendrán que entregarles candidaturas y porciones del poder local nominado. Es la ley de la sucesión: hay que ceder un poco hoy para comprar algo de comprensión —y tal vez de impunidad— en el futuro.

Hasta el momento, la codiciada superdelegación sigue acéfala; quien se siente en esa silla controlará el verdadero músculo político y operativo del Gobierno federal en el estado, y sobre sus hombros recaerá el armado de la estructura para las elecciones locales, pero, principalmente, para las diputaciones federales.

Es por eso que en el centro del país no pueden darse el lujo de volver a equivocarse, la última vez que desde el Palacio de Gobierno local exigieron la cabeza de Luis Lauro, fracasaron rotundamente al proponer a una total desconocida como relevo.

El sistema tiene una alarmante adicción por buscar perfiles opacos y sin brillo para que no estorben; el problema es que esa receta ha inundado los gabinetes y las delegaciones de una mediocridad donde muy pocos se salvan.

Rodolfo, en cambio, goza de credibilidad y de las simpatías de la dirigencia nacional. No arrastra manchas que le impidan el paso y cumple con los requisitos del nuevo comité.

Además, tiene una ventaja competitiva enorme sobre otros políticos locales: él sí puede ir y venir a los Estados Unidos sin el menor contratiempo, no como esos otros aspirantes que cruzan la frontera con el Jesús en la boca y el miedo reflejado en el rostro; la sola idea de que los manden al «cuartito» de migración les produce escalofríos, sobre todo por el riesgo inminente de quedarse encerrados.

La carrera sucesoria está en marcha, Morena tiene la solución en sus manos, pero para su desgracia colectiva, sus estrategas se han graduado como consumados especialistas en equivocarse. Por eso cargan a cuestas con ese desgaste brutal provocado por la ineptitud y la corrupción de sus propios elegidos.

Bueno, por hoy es todo.
Adiós y aguas con los patinazos…

Contacto:
[email protected]