Crónicas del Descaro:
Por José Gregorio Aguilar
En México la prevención es letra muerta. Tiene que morir una niña para que los funcionarios descubran que la educación militarizada no está autorizada.
Mario Delgado, secretario de Educación, apareció tarde en escena, como actor secundario que entra cuando el público ya se fue. Condenó el maltrato infantil, pero solo después de que Dafne murió y de que la diputada federal de MC Laura Ballesteros lo señaló directamente.
El descaro es mayor cuando descubrimos que mientras la SEP decía que la educación militarizada no estaba permitida, en Tamaulipas la SET sí otorgó permisos oficiales. Dos versiones que se contradicen y exhiben el vacío de supervisión; por cierto, hasta ahora no hemos escuchando a nadie de la SET hablar, pronunciarse, parece que ni sufren ni se acongojan.
El Fiscal de Tamaulipas, Eduardo Govea Orozco reveló que Dafne no estuvo completamente sumergida, solo la cabeza bajo el agua. Eso no suena a accidente, suena a castigo disciplinario. La pedagogía del terror disfrazada de formación.
Y como si fuera poco, una ex alumna denunció que el director de la academia la violó cuando tenía 17 años y que quedó embarazada. El discurso de “valores” se derrumba frente a la impunidad y el abuso.
La tragedia de Dafne no es un hecho aislado, es el síntoma de un sistema podrido que operaba con permisos locales y con la complacencia de autoridades que nunca supervisaron.
El dueño de la Academia Doenitz ya fue detenido, junto con “Estrellita”, la instructora que impartía castigos y torturas. La academia no era un plantel educativo, era un campo de entrenamiento del horror.
Mientras tanto, diputados y senadores locales se cuelgan de la tragedia con discursos huecos. Hablan de legislar, de crear protocolos, de revisar permisos. Pero ninguno se atreve a señalar responsables.
La senadora Olga Sosa aparece en escena y decir que respaldaría la llamada Ley Dafne pero no para exigir justicia. El contraste con Laura Ballesteros de Movimiento Ciudadano es brutal: ella sí responsabilizó directamente a Mario Delgado y a la Sedena. Ese golpe duele porque exhibe la omisión institucional.
La pregunta es inevitable: ¿cuántos campamentos más hay en Tamaulipas y en el país? ¿Cuántas Dafnes más tendrán que morir para que la prevención deje de ser letra muerta?
El descaro institucional se mide en contradicciones: permisos locales contra discursos federales, castigos violentos contra discursos de valores, abusos sexuales contra discursos de formación.
Al final, la ironía es cruel: mientras unos funcionarios se contradicen y otros legislan en selfies, los padres entierran a sus hijas y las exalumnas denuncian abusos que nadie quiso escuchar. La academia del horror se derrumbó, pero el sistema que la permitió sigue intacto