Crónica del Descaro
De las advertencias de Acosta Naranjo al caso Ruffo
Por José Gregorio Aguilar
El huachicol ya no es solo gasolina robada en la madrugada ni agua bombeada con bombas más grandes de lo permitido. Ahora también es fiscal, político y hasta electoral. La palabra se ha convertido en un comodín para describir cualquier saqueo ilegal de recursos, y lo curioso es que cada vez que alguien la pronuncia, parece invocar un nuevo escándalo.
Hace apenas unas semanas, Guadalupe Acosta Naranjo, dirigente de Somos México y férreo crítico de Morena, lanzó la advertencia: “hay candidatos ligados al huachicol”. La frase sonó fuerte, como un golpe de mesa, como si quisiera marcar distancia entre los buenos y los malos. Pero la política mexicana tiene esa manía de devolver las palabras como búmeran.
Porque ahora resulta que Ernesto Ruffo Appel, aquel histórico primer gobernador panista que rompió el monopolio priista en 1989 y que después se acercó a las alianzas opositoras donde hoy milita Acosta Naranjo, está detenido acusado de “huachicol fiscal”. Ernesto Ruffo no ha renunciado al PAN y mantiene su militancia en ese partido, pero opera simultáneamente en Somos México como integrante externo de su Consejo Consultivo
Sí, el mismo Ruffo que alguna vez fue símbolo de transición democrática, hoy aparece en los titulares como protagonista de una red de contrabando de combustibles.
La ironía es brutal: Acosta Naranjo señalando a los huachicoleros de Morena, mientras en su propia familia política aparece un exgobernador bajo investigación. El descaro no distingue colores ni partidos: el huachicol es transversal, democrático en su corrupción, incluyente en su saqueo.
El “huachicol fiscal” funciona así: se importa combustible desde Texas, se declara apenas un 10% del volumen real y se evade el pago de impuestos. El fisco pierde miles de millones, las empresas ganan fortunas y la corrupción se viste de legalidad. Es el mismo saqueo, pero con traje y sello aduanal.
Vale la pena recordar de dónde viene la palabra. En los años cincuenta se usaba para describir bebidas adulteradas, tequila rebajado con agua. Después se aplicó a la gasolina mezclada con solventes. Y hoy se usa para todo: huachicol de agua, huachicol fiscal, huachicol político. El término se volvió espejo de la trampa mexicana.
Lo que dijo Acosta Naranjo no era mentira: sí hay candidatos ligados al huachicol. Lo que no imaginaba es que el escándalo tocaría tan cerca de su propia casa política. Porque el descaro colectivo es que todos condenan el huachicol en discursos, pero muchos lo practican en la realidad.
La complicidad es evidente. Para que el huachicol funcione, se necesitan redes de poder: empresarios que importan, funcionarios que permiten, políticos que callan. No es un delito aislado, es un sistema. Y cuando un exgobernador aparece en la lista, el mensaje es claro: el saqueo no ocurre en la periferia, ocurre en el centro del poder.
La indignación es selectiva, la moral es relativa y el negocio es permanente. Se rasgan las vestiduras hablando de corrupción oficial, pero callan cuando el saqueo se viste de corbata. La política mexicana es un teatro donde todos actúan de víctimas, pero muchos son protagonistas del saqueo.
Por eso la frase de Acosta Naranjo se le regresa como búmeran. Lo que dijo para exhibir a otros ahora exhibe a los suyos. Y en la política mexicana, ese es el verdadero huachicol: el robo de palabras, la adulteración de discursos, la evasión de responsabilidades.
El caso Ruffo es más que un escándalo judicial: es un recordatorio de que la corrupción no es patrimonio de un partido, sino de una cultura política que se repite y se recicla. El huachicol es el espejo donde todos se reflejan, aunque prefieran mirar hacia otro lado.
Y ahí está el descaro final: el huachicol no está solo en los ductos ni en las aduanas, está en la política misma. Porque cada vez que alguien pronuncia la palabra para señalar a otros, corre el riesgo de que la cámara, el juez o la historia lo señale a él.