Cuando el silencio deja de ser rentable.
Por: Luis Enrique Arreola Vidal.
Los viejos políticos tenían una máxima que jamás escribieron en ningún manual: el poder compra lealtades; el miedo fabrica testigos.
Pero existe una tercera categoría, más peligrosa y letal: los sapos.
La semana pasada, Rayuela, de La Jornada, resumió el momento político con una ironía quirúrgica que ya nadie puede mejorar:
“Si colabora como sapo, delata como sapo y trabaja para otra nación como sapo… ¿qué es? Pues sapo.”
No hay que agregarle una sola coma.
Porque cuando las filtraciones se multiplican, cuando los expedientes comienzan a caminar solos y cuando las conversaciones privadas aparecen misteriosamente en la opinión pública, significa que alguien, dentro de la casa, decidió que el silencio ya no era negocio.
Esta semana, Raymundo Riva Palacio publicó una columna que atribuye la salida de Ulises Lara de la Fiscalía General de la República no a “motivos personales”, como se informó oficialmente, sino a presuntas irregularidades internas y su supuesto rol como informante de agencias estadounidenses.
Son señalamientos periodísticos serios que, hasta el momento, no han sido confirmados oficialmente por la FGR. Pero el mensaje político ya está sobre la mesa: hasta el ex fiscal es sapo.
Y no es el único. La gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, está en el centro del huracán.
Según versiones consistentes, ya estaría “cantando” y entregando información sensible.
El ex gobernador morenista Jaime Bonilla Valdez la acusa directamente con pruebas ante Andrés Manuel López Obrador, destapando una fractura profunda dentro del mismo movimiento. Lealtades que ayer parecían de acero hoy se rompen como vidrio.
El movimiento que convirtió la lealtad en dogma sagrado enfrenta ahora el riesgo más antiguo y mortal del poder: que sus propios cuadros comiencen a hablar.
En política hay una diferencia abismal entre adversario y exaliado. El adversario supone. El exaliado sabe. Y cuando sabe demasiado, hasta los más duros empiezan a sudar frío.
Las filtraciones de audios relacionados con la gobernadora de Baja California no son un incidente aislado. Son síntoma de algo mucho más grave.
Ella ha rechazado las acusaciones, pero los audios ya están ahí, circulando, erosionando la narrativa oficial desde dentro.
La verdadera pregunta ya no es si un audio o una filtración cambiará la historia. La pregunta es cuántos expedientes siguen cerrados solo porque nadie ha decidido aún abrir la boca.
Las estructuras políticas rara vez se derrumban por la presión externa. Con más frecuencia se pudren desde adentro.
Cuando algunos descubren que el silencio dejó de ser rentable. Cuando otros entienden que la inmunidad tiene fecha de caducidad. Y cuando unos cuantos concluyen que es más conveniente convertirse en testigos protegidos que seguir siendo soldados leales.
La historia está repleta de gobiernos derribados por sus enemigos. Pero también de gobiernos destruidos por quienes un día juraron fidelidad eterna y al día siguiente empezaron a cantar.
Tal vez por eso la incógnita ya no sea quién será el próximo en abandonar el barco.
La verdadera pregunta, la que quita el sueño en Palacio Nacional, es otra: ¿Cuántos sapos más brincarán cuando arrecie la tormenta?