Crónica del Descaro:
Por José Gregorio Aguilar
Julio 17, 2026
Dicen que la soberanía se defiende con discursos encendidos, con banderas ondeando y con la austeridad como estandarte. Pero en la práctica, parece que la soberanía cabe en una visa americana y en un boleto de avión rumbo a Texas.
La diputada Ursula Salazar Mojica, de Morena, decidió apagar rumores con un video familiar. Ahí aparece sonriente, junto a su esposo Juan Dionisio Cruz Guerrero y sus hijos, en tierras estadounidenses. El mensaje era claro: “tenemos desde diciembre que no veníamos a saludarnos, hoy tuvimos la oportunidad…”. El subtexto, aún más claro: sí tengo visa, sí puedo entrar, sí puedo presumir.
El esposo, director del Tecnológico de Ciudad Madero, remata con un saludo a “toda la gente que anda inventando cosas”. Como si la sospecha de que les quitan visas fuera un chisme de vecindario y no un tema que ellos mismos alimentan con su necesidad de exhibir privilegios.
La ironía es brutal: quienes levantan la voz para defender la soberanía nacional, mandan a sus hijos a estudiar en la Universidad de Texas. ¿Será que la educación mexicana no les alcanza? ¿O será que la austeridad es solo para los demás, nunca para la familia?
Porque si de austeridad hablamos, ¿qué más descarado que presumir viajes al extranjero mientras se pide a la ciudadanía apretarse el cinturón? La diputada que respalda a la presidenta Claudia Sheinbaum en su discurso de soberanía, resulta que confía más en las aulas texanas que en las mexicanas.
El video, que buscaba ser prueba de normalidad, terminó siendo confesión de privilegio. No fue un “miren, todo está bien”, sino un “miren, nosotros sí podemos”. Y en ese “sí podemos” se esconde la distancia entre gobernantes y gobernados.
La soberanía, entonces, se convierte en palabra hueca. Se defiende en tribuna, se repite en discursos, se imprime en mantas, pero se abandona en la práctica cotidiana. Porque mientras se exige consumir lo nacional, se consume lo extranjero. Mientras se presume austeridad, se presume visa.
El tiro por la culata fue evidente. El intento de apagar rumores encendió la incongruencia. El mensaje que quedó flotando no fue “tenemos visa”, sino “tenemos privilegios”. Y la ciudadanía, que ya carga con discursos y sacrificios, recibe la burla disfrazada de saludo.
La pregunta inevitable es: ¿qué significa soberanía para quienes la pregonan? ¿Un eslogan de campaña? ¿Un recurso para la tribuna? ¿O simplemente un disfraz que se guarda en el clóset cuando toca viajar al norte?
La escena es digna de teatro político: el telón se abre, los actores sonríen, saludan a la cámara y repiten frases ensayadas. Pero el público ya no aplaude. El público se ríe, con ironía amarga, porque sabe que la obra es farsa.
Y así, entre discursos de soberanía y videos familiares en Texas, queda expuesto el descaro. La soberanía se defiende en México, pero se estudia en Estados Unidos. La austeridad se predica en tribuna, pero se olvida en el aeropuerto. Y la congruencia, esa sí, parece no tener visa