Columna por Ely Duque

En medio de la álgidas batallas de los actores políticos en la capital del Estado en busca de asegurar una candidatura para el 2027, la Diputada de Victoria Blanca Anzaldúa sigue recorriendo ejidos, rancherías y barrios que los políticos de escritorio, fotos glamorosas y aire acondicionado ya olvidaron.

Y es que bajó un abrazador sol, no tan caluroso como la recepción cariñosa y cercana que le brindaron las vecinas y vecinos del ejido Otilio Montaño; aquel donde sus habitantes aseguran que otros funcionarios en su vida se han acercado, la diputada Blanca Anzaldúa graduó a una docena de alumnos quienes con esfuerzo, estudio y dedicación, avanzan hacia la escuela secundaria.

Numerosas condecoraciones al aprovechamiento educativo fueron entregadas, sin embargo la mayor distinción de la tarde no fue tener a una pomposa legisladora engalanando dicho evento, sino que los alumnos, padres de familia y comunidad del ejido vieran con sus propios ojos algo inédito: el tener a una ciudadana con vocación de servicio haciéndoles saber que Otilio Montaño importa.

Como maestra normalista, Blanca Anzaldúa sabe que el pilar fundamental para la seguridad, culturización y desarrollo de la calidad de vida de la cabecera y ejidos aledaños de Victoria es la educación. Sin embargo, hizo incapié en la necesidad imperante de las y los padres de familia en estar presentes y activos en la crianza de sus hijos, ya que como mencionó «si no están ustedes, alguien más estará con ellos y no precisamente alguien bueno.»

En el evento fue recibida por madres y padres, adultos mayores y niñez agradecida por sus gestiones, que en el silencio y sin la famélica necesidad de cantarlo en redes o compartirlo en entrevistas, brindó: desde sillas de ruedas, bastones, andaderas o medicamentos.

Donde está Blanca está una mano amiga, o como dijo María Félix «donde estoy yo, está la suerte» una suerte mezclada con preparación académica comprobable, trayectoria destacada y puestos merecidos; no impuestos, no exigidos, no regalados.

Es así que a paso firme y certero, Blanca Anzaldúa está donde debe de estar; no en reuniones privadas, ni estrechando acuerdos en lo oscurito, si no en la calle, con la gente y donde prometió desde su primer encargo en el servicio público cumplir: en territorio.

El pueblo de Victoria tiene memoria y no olvida a quienes llegaron, prometieron y nunca volvieron, así como no olvidan a quién les brindó una mano, sin ponerles una cámara y micrófono ien frente. Como buena maestra, Anzaldúa sigue dando cátedra a esas «nuevas generaciones de políticos» con las mismas mañas de siempre. Chulada.