La Comuna
José Ángel Solorio Martíne
Después de Emilio Portes Gil, han gobernado Tamaulipas siete gobernadores-y otros tantos interinos-: Magdaleno Aguilar, Horacio Terán Zozaya, Enrique Cárdenas González, Américo Villarreal Guerra, Eugenio Hernández Flores, Egidio Torre Cantú y Américo Villarreal Anaya.
¿Por qué se ha generado ese fenómeno de preeminencia de la capital sobre otras regiones del estado?
Por razones socioeconómicas que le ha otorgado a la clase política victorense, una capacidad y vínculo con los poderes de la Federación. Esa circunstancia les ha otorgado a los políticos victorenses una notable interlocución con el centro de las decisiones de la nación. (En mucho tuvo que ver, la resplandeciente inteligencia política de Porte Gil: no sólo abrió camino para los representantes de Tamaulipas en la estructura de autoridad en la Federación, también abrió las posibilidades para la emergencia de una nueva y renovada clase política).
¿Pero y ciudad Victoria?
¿Por qué tanto atraso y tanto desastre, reflejado en una población que sufre precariedades en tanto los hombres del poder se convierte en millonarios de un día para otro?
¿Cómo explicar que Victoria, siendo gobernada por siete victorenses desde el Ejecutivo estatal viva en el más completo olvido oficial?
Parece ser que 42 años de gobierno no han sido suficientes para transformar en una metrópoli ciudad Victoria. Unos no han querido; otros no han podido.
Todo parece haber iniciado con la demolición del portesgilismo. Con el arribo de Raúl Gárate a la gubernatura por órdenes del presidente Miguel Alemán, se arrasó con todo vestigio de EPG en la entidad.
No es una exageración: con Gárate se institucionalizó la corrupción y la perversión de la política y los políticos.
Horacio Terán se dedicó a la dilatancia del poder público y encumbró a sus efebos en la administración estatal.
Y se olvidó de Victoria, su patria chica.
Enrique Cárdenas González hizo de sus amigos una pléyade de nuevos millonarios tamaulipecos.
Estaba tan ensimismando en engrandecer a sus amigos que se olvidó de su tierra natal.
Américo Villarreal Guerra, apenas construyó un acueducto, pero convirtió en súper potentados a Antonio Carlos Valdez Balboa y a los hermanos Varela.
Victoria siguió siendo una capital, que se asemejaba más a un bonito rancho que a la capital.
Eugenio Hernández Flores, enriqueció a su familia -hermanos, cuñados y sobrinos- y se apropió casi de todo Victoria. Ahora invierte en clínicas, hospitales y escuelas. Su ciudad, nunca le importó.
Egidio Torre Cantú, no le importó lucrar con la muerte de su hermano. Ahora vive como el millonario que es, en San Pedro Garza García, Nuevo León. No le gusta Victoria; claro: es un muladar comparado con la ciudad que lo adoptó.
No es la corrupción lo que tiene a la capital en la desgracia: es la impunidad.