Rutinas y quimeras
Clara García Sáenz

De todos mis profesores universitarios recuerdo con especial afecto al doctor Luis
Humberto Garza Vázquez; cuando cursé la licenciatura de Relaciones Públicas en la
Universidad Autónoma de Tamaulipas, conocí maestros de todo tipo desde la joven
maestra recién graduada que no tenía experiencia de nada, hasta el cretino que nunca iba
pero cuando lo hacía imponía la ley de la tortura intelectual, también estaban los
dictadores, los sabelotodo y los que sentían desprecio por sus alumnos pero estaban ahí
porque ser maestro universitario les daba prestigio.
En los años noventa, era difícil encontrar eruditos en la carrera de Relaciones
Públicas, los había pocos, muy pocos, que aún los puedo contar con los dedos de la mano
y me sobran dedos; pero entre esos pocos estaba mi querido maestro Luis Humberto,
quien en el primer semestre nos impartió la materia de Historia de México, recuerdo que
fue el único en ese semestre que nos recetó dos libros que tendríamos que leer durante el
curso, de hecho, a lo largo de la carrera fue de los pocos que nos puso a leer. Uno de esos
libros marcó mi vida, mi forma de comprender el mundo y de explicarlo: “Las venas abiertas
de América Latina”, de Eduardo Galeano. Desde que empecé a leerlo, no paré hasta
terminarlo; me hechizó, me impresionó y me conmovió.
El maestro Luis Humberto tenía una forma serena de impartir la clase que
exasperaba a algunos de mis inquietos compañeros, pero a mí me gustaba oírlo, lo
admiraba y le tenía mucho respeto. Cuando presenté mi examen profesional, pedí que él
presidiera el sínodo, lo cual, para mí, fue un honor tenerlo ahí. Luego pasaron los años y

me lo volví a encontrar décadas más tarde en la Facultad de Ciencias, Educación y
Humanidades, otrora UAMCEH, donde impartía clases de Sociología; ahí convivimos
ambos como profesores. Durante ese tiempo, él se doctoró en educación y se convirtió en
tanatólogo.
Un día lo saludé en el estacionamiento de la facultad; se detuvo y me preguntó qué
me pasaba. ¿Por qué me pregunta? ¿Tan mal me veo? Le dije y rompí en llanto, “mi mamá
murió hace meses y no he podido con el duelo Maestro, yo era su cuidadora y la extraño
mucho” le dije entre sollozos. Con la tranquilidad que lo caracteriza, me dijo: “Vamos a
platicar; yo te voy a ayudar. Así fue: para la segunda sesión me encontraba muy animada y,
cuando coincidíamos en la facultad, me preguntaba: “¿Cómo te sientes?” Y yo, con una
sonrisa, le contestaba: “Me curó, maestro, me curó”.
Cuando fue secretario académico de la UAMCEH, yo era una incipiente profesora;
siempre conté con su respaldo, consejo y acompañamiento. Era conciliador, tranquilo y
servicial. Mi querido maestro ha sido un hombre de buen corazón, sensible a las
necesidades de sus alumnos, receptivo como buen compañero de trabajo y provocador
cuando hemos compartido mesa en los convivios de la facultad, porque le gusta hablar de
la rivalidad que los sociólogos y los historiadores tenemos tanto en el campo teórico como
en la práctica académica.
Sepa, maestro, que ha sido un faro en mi vida profesional, que aquel libro “Las
venas abiertas de América Latina” me hizo comprender el mundo de otra forma, que
despertó mi interés por la historia y que su presencia en mi círculo laboral y académico ha
sido de las más significativas. Le mando un abrazo. Debe estar seguro de que ha
sembrado mucho en sus alumnos y que lo recordamos con cariño.

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